Discépolo en la vereda: teatro oficial y postergación

Por Aarón V.

#Crónicas de Aaron V.

Rescate: Mariano Saba.

Déjeme darle una opinión: en el género universal de las infamias, yo creo que pocas hay tan persistentes, sutiles y degradantes como la postergación. ¡Y qué decir del terreno fértil que la burocracia ha sido muchas veces para la dilación, el retraso, la postergación de un ser humano, e incluso de eso que intenta serlo por todos los medios estéticos: es decir, un artista! Adivino que usted padece de voracidad lectora -una avidez tal como para haber arribado incluso a este artículo desastrado, perdido en un pasquín de dramaturgia-. Y por eso me atrevo a recordarle la serie cosmopolita de monumentos literarios que la postergación fue estimulando alrededor del globo. Cómo no mencionar acá la satírica descripción que Larra hizo de la burocracia madrileña en su fantástico artículo Vuelva usted mañana, de 1833. Cómo evadir al pobre agrimensor de El castillo, ese sujeto exiliado de la experiencia, al cual Kafka puso a andar en 1922, perdiéndolo en sus turbios merodeos alrededor de aquel centro inefable de poder. Cómo olvidar aquella víctima de la espera que Di Benedetto retrató en Zama (de 1956). Cómo dejar pasar la inconclusa Novela teatral de Bulgákov (de 1965), donde su alter ego Maxúdov es invitado a adaptar una novela suya por un teatro oficial moscovita -remedo inocultable del de Stanislavski-, y pronto postergado, postergado, postergado.

Y ya que la evocamos, la ficción -no tan ficticia- de Bulgákov nos da pie inmediato para que usted y yo retornemos a la dramaturgia, que es de eso de lo que se trata, ¿o no? En esta línea, déjeme decirle que el teatro argentino tiene un caso verídico mucho más espantoso que la desventura soviética de la mencionada novela rusa. Y el protagonista del dislate es -sorpréndase o no- el propio dramaturgo que el canon argentino ha situado en su centro: Armando Discépolo. Sí, créame: no hay historia más triste de postergación en el teatro vernáculo, que la de don Armando parado en la intemperie, afuera de una sala oficial, bastardeado por el silencio burócrata del funcionariado. Así que a modo de inauguración, esta humilde sección de Crónicas de Aarón V. merece sacar del arcón la crónica inestimable de aquel atropello que el propio Discépolo publicó a través de Argentores en 1970, y que Galerna incluyó en su edición conjunta de Muñeca y de Cremona en 2013.

Se la hago corta y de paso no postergo: a Discépolo le piden Cremona del teatro oficial. A pesar de que el “grotesco en seis luces” había tenido ya un estreno en 1932, el funcionariado la desconocía. Es muy de desconocer, el funcionariado -salvo honrosas excepciones-. Entonces la obra es (re)descubierta: le adulan el libreto a don Armando, se la sacan de las manos, le prometen el oro y el moro, puesta y homenaje -¡homenaje que él no quiere!-, y después… Sí, ¡adivinó usted! Postergación, postergación, postergación. 

La historia de este episodio particular en que Discépolo, el más grande dramaturgo argentino, fue desahuciado una y otra vez por el teatro estatal empezó en 1968 y terminaría al borde de 1970. Y fue en ese mismo 1970 que Discépolo escribió su crónica Por qué retiré Cremona. Una historia larga y tristísima, la cual sería publicada por Argentores a efectos de explicar el penoso periplo que había tenido que transitar el autor. En abril de ese año de 1970, curiosamente, Louis Althusser iba a publicar lejos, muy lejos de Buenos Aires, algo que hubiera venido como anillo al dedo para explicar por qué el Estado había de hacerle tal cosa a una obra como Cremona. Una obra tan estallada, tan astillada, tan dolorosa y tan (im)políticamente argentina. Althusser -antes de la locura y del crimen- escribió que la cultura podía entenderse en más de un sentido como aparato ideológico de un Estado ávido de controlar las lógicas de sentido y de producción. Usted tal vez se topó con Ideología y aparatos ideológicos del Estado, y por eso quizás recuerda aquello de que “los aparatos ideológicos de Estado funcionan masivamente con la ideología como forma predominante pero utilizan secundariamente, y en situaciones límite, una represión muy atenuada, disimulada, es decir simbólica” (Althusser, 1988: 27). De acá que me anime a decirle lo que capaz ya compartimos (o no): hay muchos tipos de operatoria cultural por los cuales la cultura censura, anula o posterga determinados materiales. Usted dirá: ¿y Cremona? Mire, el lenguaje de Cremona -como el de varios otros grotescos-, podría pensarse como la inoculación de una especificidad argentina en esa zona estatal de lo teatral que todavía prefiere a veces la homogeneidad europea de la Alta Cultura Legitimada. Cabe recordar la lectura brillante de David Viñas: el grotesco es “la caricatura del orden liberal” (Viñas, 1997: 83). Si reparamos en esto, dígame: ¿no se entiende ahora por qué el teatro oficial le postergó su obra a don Armando?

Discépolo lo cuenta con maestría. Empiezo a traérselo:

«El director artístico va a buscarme a Argentores. Insisto: va a buscarme. Me encuentra. Como todos los que van a buscarme. La junta está reunida y soy miembro de ella. A los tres minutos salgo. El director del Teatro Cervantes está en el hall, de pie, escribiendo en un papelucho de bolsillo. Me dice: “Yo ignoraba que en el teatro argentino había una obra de esta importancia”. Me pareció una opinión disgustante del teatro nuestro. Agregó: “Quiero estrenarla en el Cervantes, si no me echan» (Discépolo, 2013: 137).

Esta es la primera oferta pero al funcionario, efectivamente, lo echan al poco tiempo. Según el propio Discépolo, pasan largos días, semanas de cerrado silencio. Como usted imaginará, él quiere su libro de vuelta: 

«No encuentro al ex director del Cervantes. De pronto, una noticia. El ex director del Teatro Nacional Cervantes ha sido nombrado director del Teatro Municipal General San Martín. Lo busco. No lo encuentro. Telefoneo. Voces de secretarias dicen: “no está”; “ha salido”; “no sé a qué hora volverá”; “hoy no viene”. ¿Estas muchachas tan cordiales -me pregunto- no le dirán que yo lo llamo? Un día de suerte, una voz de mujer me contesta: “Sí, el señor director está en el teatro. Atienda”. Con mucho miedo, espero. “Hola. Quiero mi libreto”. “No le doy su libreto. Inicio la temporada 1969 con Cremona”. ¡Y yo sin saber nada! ¡Qué cosas le suceden al teatro en esta década! No se entera uno de lo que le está ocurriendo. El teléfono sigue hablando: “…y la voy a estrenar en una noche de gran homenaje para usted”. “¡No!”, grito yo. “¡No quiero homenajes! ¡Ya he sufrido muchos! ¡Envenenan!» (137)

El director del teatro insiste con el homenaje y quedan en verse el viernes siguiente. Sin embargo, tal como usted se imagina, pasan semanas. Meses. “El ’69 se nos viene encima”, dice Discépolo y agrega:

«Tengo recuerdos candentes. Un domingo de 1910 leía a Pablo Podestá mi primera obra. Al terminar me dijo: “Mañana, lunes, empezamos a ensayar, y vos la vas a dirigir”. Pero es que también, luego, en el andar de tantos años, más de sesenta, estrené todas mis obras “ya mismo”, “mañana”. Dimensiones de viejos de cabezas lúcidas que ni los jóvenes más sabios pueden alcanzar.» (138)

Empieza el año ’69 y ninguna novedad sobre Cremona. En un momento don Armando va a ver una obra a la Casacuberta y el director del teatro se le acerca y le confiesa:

«Don Armando, Cremona no puede iniciar la temporada. Se ha dado una avaloir (un adelanto) de 350 mil pesos por Adriano VII y su plazo de representación se vence ya mismo. No podemos perder ese dinero. Tenemos que estrenar en primer término”. Mientras pienso cuándo las obras argentinas tendrán avaloir, digo, cercado, sin defensa: “Está bien”. Primera postergación.» (138)

Con tristeza, Discépolo ve pasar el estreno de Adriano VII y después, sin embargo, la soledad y el silencio persisten: 

«Es que no va tampoco en segundo turno. Va Rosenkrantz y Guildenstern. No retiré la obra. Era escándalo. No me alejé porque allá abajo, en los fondos, en los abismos, hacia donde uno mismo no quiere mirarse… crecía un dolor amargo que quise sufrir. ¿Era por merecerlo? Segunda postergación.» (138)

Usted, que está leyendo esto: no se apure, porque poco tiempo después le prometen a Discépolo que su obra finalmente abrirá la temporada del año ’70. Y los homenajes aparentemente serán fastuosos. Discépolo insiste: “¡No quiero homenajes! ¡Me parecen entierros! ¡Son entierros!” (138). El director artístico del teatro San Martín se ofende: “¡Usted no puede prohibirme que yo le haga un homenaje!” (138). Lo curioso es que empieza 1970 y no pasa nada. Como Rosenkrantz y Guildenstern se estrenó tarde en 1969 debe continuar representándose en 1970. Tercera postergación, dice Discépolo y agrega:

«Corramos. Pasan días. Pasa el sol. Pasa la luna. Llueve. Me mojo. Me seco… No, no va Cremona. Va Crimen y castigo. Con Alcón. Lo dice la prensa. A mí… ni una palabra. Estoy sobrando. Evidente. Me devolverán el libreto. ¿No se atreven? Yo espero. Tengo tiempo. Cuarta postergación. Pasan días, vacíos. No va Crimen y castigo. No le gusta a Alcón. Va Romance de lobos. Cuarta postergación y media. La obra de Valle-Inclán es difícil, dificilísima, casi imposible para el teatro. (…) Se gastarán sumas fabulosas. Tan fabulosas que si el público lo supiera se quedaría con la boca torcida.» (139)

Y añade Discépolo con una angustia propia del héroe trágico que siempre fue:

«Todo se detiene. Todo parece resquebrajarse. Y en la pausa me pregunto: pero… estos señores que gobiernan el Teatro San Martín no podrían agacharse un poco, no mucho, y decirle al director artístico del Teatro Municipal General San Martín de Buenos Aires, República Argentina: “Discépolo sigue en la vereda, mirando hacia el vestíbulo. Está de pie, como siempre, más joven que muchos jóvenes. Ha enflaquecido, sí, y tiene una mueca de guerra. ¿Por qué no hemos estrenado su comedia? Hace más de un año largo que se la pedimos, aplaudiéndola. ¿Por qué no se representa?” ¿O han jurado ustedes enmudecer? ¿O no se agachan porque son estatuas? Pero qué error el mío, qué equivocación sufría, que prisa de anciano que va a morir me ofuscaba…» (139)

¿Vio, usted que lee? No somos solamente nosotros los que de vez en cuando nos sentimos ninguneados por ese mecanismo inescrutable de las oficinas y de la burocracia cultural. ¡Discépolo nadó en ese caldo! Mire, cuenta Discépolo que un tiempo después el director artístico del San Martín lo hace llamar finalmente por su secretaria y le dice que hay que empezar los ensayos. Pero hay una dificultad: «Discépolo… Cremona va, pero dirigida por un joven», le suelta el funcionario. Es el colmo: Discépolo se enfurece, aclara que él mismo es un director, que es necesario que él mismo la dirija. Sin embargo termina accediendo porque le dan el nombre de Roberto Durán, a quien respeta. Durán se hace cargo de la dirección considerando palmo a palmo el pensamiento de Discépolo. Sin embargo al poco tiempo, nuevamente el director artístico del teatro empieza a esquivar al joven Durán y al autor de la obra. Hasta que un día una llamada del funcionario los entera de que Cremona no se va a montar porque no hay plata.

Sí, sí. Leyó bien: «no hay plata», les dicen. Después de todo ese tiempo, de repente: no hay plata. Como usted imaginará, Durán envía una carta a la Dirección General del Teatro San Martín denunciando el largo atropello al maestro don Armando y éste, sin embargo, lo único que quiere es retirar la comedia. La crónica que traigo al recuerdo, entonces, termina con una pequeña anécdota de don Armando, que va a ver directamente al Secretario de Cultura del Municipio para pedirle de regreso su texto. El político lo mira con ojos tristes al tener que aceptar que retire la comedia del San Martín, pero le da la razón acerca de la ignominia. Da la impresión de que el funcionario no se hace demasiado cargo: es la burocracia la que ha actuado, algo que lo excede, ¿no es así siempre?

Termina diciendo Discépolo: «He escrito estas atosigantes páginas apesadumbrado, con agrio disgusto, pero no podía callar. Tristísimo. ¿Servirá para algo?» (140)

Antes de que abandonemos esta historia puchereando por la penosa anécdota -y por la injusta postergación que la Cultura oficial ha sabido ejercer tantas veces-, déjeme decirle que el 24 de mayo de 1971 Cremona logró estrenarse -¡por fin!- en el Teatro General San Martín. 

Su autor, lamentablemente, había muerto meses antes. Exactamente el 8 de enero de ese año. 

No la llegó a ver.

Fuentes:

– Althusser, Louis. (1999) Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Freud y Lacan, Buenos Aires: Nueva Visión.

– Discépolo, Armando. (2013) Muñeca. Cremona, Buenos Aires: Galerna.

– Viñas, David. (1997) Grotesco, inmigración y fracaso: Armando Discépolo, Buenos Aires: Corregidor.


Poco se sabe de Aaron V. Nacido en los primeros años del siglo XX, fue testigo privilegiado de buena parte de la historia del teatro local. Su paradero se pierde a finales de esa centuria. Sus crónicas fueron rechazadas por multitud de revistas culturales. Olvidadas en un baúl cuyo destino fuera el empeño, son recuperadas por los distintos redactores de La Llave Universal y acondicionadas así por primera vez para su lectura.