Un montón de nada: sobre Alejandro Urdapilleta

Por Juan Laxagueborde

#Perfiles

Llamaban la atención los giros ampulosos que hacía para referirse a lo que no quería ser. Lo hacía habitualmente, en reportajes o textos propios. Había algo de fastidio visceral y de ganas de no ser. No eran unas ganas de no ser determinada cosa, quería no ser siendo. Tampoco había amargura. Había algo “para adelante” en sus dichos. Lo afirmativo era lo que quería ser: nada. Se notaba su vitalidad y su capacidad de captar las razones existenciales al dedillo, con el riesgo de los bajones y el malestar. Se notaba que estaba ancho en lo que le pasaba, pero se filtraba ese no querer. Lo que no quería, por lo que luchaba, era por no ser clasificado en las opiniones culturales y los “grandioso”, “gran actuación”, “formidable”, de los periodistas decanos o de los espectadores que esperan en la puerta para saludar a lxs actores. No quería ninguna identidad, tampoco quería el movimiento. No quería que lo reconocieran, no quería que le digan lo bueno que era en lo que hacía. No quería leerle nada a nadie. No quería quedar pegado a la malaria moral ni a los títulos ni al engrudo del mundo del espectáculo ni al mundo del under, ni siquiera al mundo. Por lo bajo suspiraba una melodía tao a su manera. Cierta vez dijo: «Soy actor solamente arriba del escenario, abajo soy una persona como cualquier otra. Y quiero serlo. No me sale, pero quiero». Me parece que eso que no le salía, las consecuencias de esa imperfección en el plan de lo que pretendía ser, es lo que terminó siendo: un artista en el instinto, en el punto anterior a la destrucción (a la locura), al conocimiento de Dios. Me queda rondando siempre esta frase: “los caballos sueñan al galope con praderas en el rostro de Dios”.

Lo que no le salía se quemaba en sus métodos intuitivos de ser y hacer cualquier cosa. Ahora me doy cuenta que quizá no es que no le salía, sino que le salía mal. Que algo nos salga mal puede ser una forma verdadera, propia, genuina del salir. Puede ser una forma interesante, buena, del mal. Pero “cualquier cosa” no quería decir solo parodia o barroco o chorreo de versos y floretes verbales expresionistas. No, cualquier cosa quería decir arriesgar las razones de la supervivencia en las maneras de mover el cuerpo en un escenario. En las síntesis extrañas de sus opiniones públicas siempre frondosas y solventes a la vez. En la corrosión del carácter que se sintetizaba en su mirada. Entre esas diabluras saltaba sin red, como un perfecto intuitivo que sabe que abajo hay algo, que no hay vació y que sólo él lo sabe. Se notaba la angustia, se notaba la exageración, la sentencia, la seguridad, el peso de no reconocerse bien, la ambigüedad. Pero se notaba (entonces y también) que todo eso estaba sostenido en un espíritu primerizo aposentado, como de niño bailarín sabio, creador y destructor en el mismo firulete. 

Sus textos provienen de cuadernos de anotaciones, dibujos, poemas y narraciones que escribía para él, porque quería saber qué era para dejar de serlo. En el vaivén de esos ejercicios se iban apilando y algunos fueron a parar a manos amigas. Muy pocos se editaron con forma de libro. Actor es el que actúa, escritor es el que escribe, dibujante es el que dibuja… y todas estas tareas son mientras se ejecutan. Ese era su dogma. Lo que pasa es que todo lo que era cuando no era esas tres cosas, quedaba bocetado en los propios cuadernos. Los propios textos se encargan de darle vueltas a su teoría de “la nada”. En Legión Re-ligión, encontramos este fragmento sin casi puntuaciones, como dicho«Toda la hondura de sus dichos y maneras estaba destinada un poco a la risa, a la exageración, a la parodia, a tocar el hueso del drama dado vuelta» a boca de jarro: «…no llenar todo dejar ser respetar un poco más la nada que paste apacigüe su gana que oblicue, tuerza todo al fino punto de lámina el canto de una lámina dorada».  Me gusta pensar en que él mismo podía, en su presencia, en su energía rara, torcer algo y ese algo puede haber sido la nada. Como si empujara la nada unos metros para que la luz le de brillo y él se quedara prudente a su sombra. 

Otro de sus libros es Vagones que transportan humo, de nuevo está la nada como objetivo, como destino y como escenario. Cada poema o pieza teatral breve tiene su principio, su fin y tiene algo más. A diferencia de Legión Re-Ligión, este es un libro no preparado como una sola cosa sino lleno de variedades y entrecruzamientos de todo tipo. Está el Urdapilleta plebeyo anticlerical y antiburgues, está el amoroso pasional, está el zelarayanesco (“…surgió ese pelotita / pelotuda y celeste / que es la Tierra / con sus mares, sus montañas / las sierras de Tandilia / la Plaza Miserere / y además… esa capa / esa pátina / graciosa y grasosa / que hay sobre la Tierra / que son los mortales…” ) y está obviamente el metafísico de la nada, con sus tintes sufí explícitos: “Tu llegaste de la no existencia a la existencia. ¿Dime de qué manera viniste?”. 

Me interesa volver desde este libro a la cuestión de la nada y llegar a la cuestión del pan, la imagen del alimento y la alegría. Me retracto: no podría hablarse de “este libro” como si fuese una pieza autónoma de autor, es más bien un botón de muestra de toda una personalidad abigarrada que hacía de Urdapilleta un antihéroe de la metamorfosis: porque toda la hondura de sus dichos y maneras estaba destinada un poco a la risa, a la exageración, a la parodia, a tocar el hueso del drama dado vuelta. No creía demasiado en su capacidad de discernir, por eso no era un héroe de los pensamientos dramáticos, sino más bien un narrador de sí mismo resbalando por los objetos y las familias y los amores y los animales y los paisajes: “me voy al mar para ser el mar”. 

Resbalaba, finalmente, en la nada para decirla. Un pequeño monólogo, titulado “Texto para que diga mi amigo Batato”, de 1987, refleja y resume muchas coloraturas e imágenes urdapilletenses. Aparece la cuestión doméstica, la diferencia entre calle y hogar, entre almacén y escena. Se habla de la sangre, del maquillaje, del corazón. Se dirime sobre el bregar diario del artista corrido de lo que los artistas industriales creen ser. Se hablar de la carne, de la pura carne, del ser. Termina así: 

Todo lo de esta vida desaparece como una espuma
Todo se hace nada
el beso de nuestra madre
el beso ese
el beso del amor ese
el beso de la vida desaparece como una espuma
como la espuma de un mar enorme
como la espuma….
de un mar enorme…todo se hace espuma…
desaparece.

Me resulta un poco extraño seguir escribiendo este breve ensayo. Un poco porque algo de Urdapilleta es irrepresentable, algo de su fuerza, su encanto y su tarea están logradas en la sensación, en el tuétano del que se conmueve con lo que hizo. «Urdapilleta actuaba y esa era una acción social con consecuencias que aún nos tocan.»Por lo tanto el historiador, el estudioso, el metiche o el crítico hacen agua a la hora de decir algo más allá de la objetividad que persigue una enciclopedia. Las enciclopedias son tan artísticas como cualquier cosa y es entonces que pienso si está bien tratar de decir quién fue Urdapilleta cuando él mismo se encargó de decir que no quería ser. 

Pretendería quedarme en el medio de mis visiones sobre sus formas de actuar, escribir, decir y reflexionar, para poder interpretarlo como si yo mismo fuera un niño, entenderlo desde ahí, entenderlo a la manera de alguien que está por ser, para no ser lo que la existencia le tiene destinado: el tedio y el gris de esta vida realista. Urdapilleta actuaba y esa era una acción social con consecuencias que aún nos tocan. En mi infancia pueblerina, me acuerdo ahora, había una institución folclórica hecha porque sí, donde enseñaban baile y música, que se llamaba “Rincón nativo”. Nunca fui, me aburría de solo pensarlo. Pero ahora me doy cuenta que ese nombre quedó brillando en algún lugar, que se pega ahora a Urdapilleta como lugar, como acompañamiento y como lenguaje. Urdapilleta es un lenguaje para discutir el lenguaje, es una nada para discutir la nada realmente tremenda. No tengo más que proponer el espacio donde quedarnos tranquilos dejando que pase la tormenta. Este fragmento de este poema, que se titula “¿Qué pasó?”. Que termine de hablar Urdapilleta, que sigue siendo: 

Si las hogazas de pan 
crecieran ahí 
abajo de los pinos 
entre los hongos y las alegrías
estuviesen petrificadas
como huellas en la nieve.


Juan Laxagueborde nació en Buenos Aires en 1984. Es sociólogo y ensayista . Es docente de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de Artes. Es editor de la revista Segunda Época y lo fue de la revista Mancilla. Escribe habitualmente en el suplemento Radar del diario Pagina/12. Su último libro se llama Tres personas: Bignozzi – Cantón – Vivanco (Ed. Iván Rosado)