Tanto

Por Susana Torres Molina
Opto por uno de los significados de la palabra “homenaje”: celebración. Por tanto, celebro los contagios, influencias y conexiones que han nutrido mi ya extenso recorrido teatral. Celebro esa siembra provocadora y su posterior transformación en conocimiento y experiencia.

En primer lugar quiero honrar mi encuentro con Beatriz Matar, mi primera y única maestra de formación actoral, con quien estudié cuatro años. No tenía idea -en realidad, no tenía ninguna idea-, de que el teatro iba a ser un hito fundamental en mi vida. Me inscribí en su curso -era además su primera experiencia como docente-, fundamentalmente para equilibrar mi tendencia introspectiva. Desde niña fui una ávida lectora y también me aventuraba por la escritura de un modo espontáneo y fluido. Beatriz, guía lúcida y sensitiva. Una artista apasionada que sabía transmitir su fervor. Estimular lo poco o mucho que cada unx iba logrando era su modus operandi. Receptiva y atenta a los pequeños avances, y esa característica, en mi caso, suscitaba que, a pesar del miedo y de las inhibiciones, en cada encuentro del taller pudiera ir ampliando mis límites un poco más. En el último año de formación ella dirigió la obra El baño de los pájaros, de Leonard Melfi, donde participaron muchos de sus alumnos, y me convocó para ser la protagonista femenina. Al año siguiente estrené mi primer texto teatral, Extraño juguete, dirigido por Lito Cruz, y ella fue una de las dos protagonistas femeninas. Insospechado y más que significativo cierre de un ciclo de mutua retroalimentación. En su taller es donde me inicié en la escritura teatral. Comencé a escribir breves escenas para mis compañerxs y para mí, y ya no me detuve.


Tan fundamental como el primer aprendizaje con Beatriz -aliada que me posibilitó sumergirme en mundos imprevisibles-, fue la influencia de Tato Pavlovsky. No solo como dramaturgo y actor, sino también como hombre implicado activamente en su tiempo. En la situación siempre incierta y conflictiva del país. Exigente consigo mismo y de una gran curiosidad intelectual. Su texto, El señor Galíndez, fue marcante en mi escritura dramática. Presencié la obra numerosas veces y comprendí, en acto, los diversos aspectos de la complejidad. Cómo se pueden mostrar distintos puntos de vista, de un modo simultáneo y contradictorio. El cariñoso padre y marido que al mismo tiempo es un perverso y cruel torturador. Con ese particular texto de Pavlovsky, y otros más que lo siguieron, aprendí que existen múltiples variantes para evitar la captura en dicotomías fáciles y en el achatamiento mental del pensamiento binario. Recuerdo sus palabras: “Como creadores tenemos que comprender la lógica de afecciones de los que condenamos, y de las instituciones a las que pertenecen”. Y: “Se condena éticamente pero en la escritura revelamos estéticamente la tormentosa ambigüedad”. Desde su impar dramaturgia, Pavlovsky siempre priorizó los cuerpos afectados por el acontecimiento. Las palabras al servicio de la dinámica física, de los ritmos, y no al revés. Él escribía sus textos para actuarlos. Su rol de dramaturgo funcionaba en la medida en que le permitía actuar sus dilemas existenciales. Y algo de esa impronta se encarnó en mi escritura despertando un estilo voyeurístico que procura liberar a sus personajes con el fin de que improvisen en el espacio imaginativo, sin dirigirlos, ni controlarlos, intentando en lo posible no aplastar la organicidad que se revela con ocurrencias de escriba. Solo registrar, atestiguar la capacidad asociativa y poética de los cuerpos vibrando en el espacio. Sin saber cómo continuará el proceso.
Verlo actuar sus textos, sobre todo sus unipersonales -o casi unipersonales- Potestad, La muerte de Marguerite Duras, Meyerhold, resultaron clases magistrales de cómo escribir desde las vísceras. Teatro de presencias, de intensidades. Con Tato nos exiliamos en Madrid en el ‘78, y allí me asombró por lo inusual y también por la utilización de múltiples lenguajes no textuales, el espectáculo Flowers, de Lindsay Kemp. Una versión libre de Notre Dame des Fleurs, de Jean Genet. Recuerdo muy claramente haber vivenciado por vez primera lo que tantas veces había escuchado sobre “la magia del teatro”. Luces puntuales que creaban atmósferas que solo había visto en el cine, acompañamiento sonoro utilizando tambores japoneses, aromas que se desprendían del escenario y Kemp travestido como la Dame. Para comprender en gran parte la razón de mi embeleso es primordial ubicar el contexto: veníamos escapando de la pesadilla tenebrosa, oscura, censora, de la dictadura militar, y el teatro que aquí se presentaba por esas épocas tendía a ser realista. Tradicional. Austero. Flowers se revelaba como el polo opuesto. Una orgía para los sentidos. Puro exceso y transgresión.

En los ‘80 actuando en la obra polaca Boda Blanca, dirigida por Laura Yusem, fuimos invitadxs al Festival de Caracas. Ahí pude asistir al espectáculo Wielpole Wielpole, creación de Tadeusz Kantor. Fui deslumbrada por lo imaginativo del montaje, la precisión en todos los aspectos escénicos, lo sugestivo de los actores/muñecos que se intrincaban con los muñecos/actores, y todos ellos exhibiendo en sus cuerpos los afeites de la muerte. Y Kantor en escena, monitoreando el espectáculo, o haciendo cómo, provocando un suceso paralelo, acentuando el dramatismo y lo espectacular.
Dentro del itinerario de las manifestaciones teatrales que me fascinaron en su momento asoma UORC, de la Organización Negra. Un acontecimiento performático de una potencia arrolladora. Asistí innumerables jueves, único día en que se presentaban, e incluso me dediqué, de un modo inusual y apasionado, a acarrear a todos mis alumnos y amigos a Cemento. Era como habitar un tren fantasma de adultos por la adrenalina que provocaban sus acciones entre el público, y que exigía de éste una continua participación activa. Nada más alejado del término “espectador”. Y además lograban momentos de altísimo impacto visual con situaciones arriesgadas y de infrecuente entrega física. Ya habitué de la movida UORC, incluso me ofrecí a hacer la prensa del espectáculo al verificar que los críticos de teatro lo ignoraban.
Imantada por muchos de esos enfoques -y tantas otros que sería muy extenso detallar- surgió Amantissima, en mi teatro El Hangar, en lo que hoy se denomina -un poco patéticamente- Palermo Hollywood, y en una época donde la gente no concebía tener que cruzar la avenida Juan B. Justo para ir a ver espectáculos. Igual siempre hubo espectadores que se animaron a incursionar por los extramuros. Amantissima era esencialmente un relato visual, de signo expresionista. Teniendo presente a UORC me interesó crear un espectáculo con una contundencia equivalente, y en donde todo el equipo actoral estuviera conformado por actrices. Breves textos, armado fragmentario, música original de Pedro Aznar, la utilización de tres escenarios para así poder espejar las imágenes, luces puntuales e incluso efectos especiales. Y los seis cuerpos femeninos siempre en primer plano. Por las devoluciones de los que presenciaron la puesta, y aún hoy dicen tenerla muy presente, compruebo uno de los rasgos distintivos del hecho artístico: ser al mismo tiempo un eslabón singular dentro de una cadena de impregnancias.

Quiero ahora resaltar algunas de las creaciones teatrales inspiradoras que para mi asombro tuve la necesidad -y remarco necesidad-, de presenciar más de una vez. Y esto debido a que mi inquietud creativa requiere comprender, desentrañar de algún modo cuál es la causa de efectos tan decisivos e inefables. Va mi reconocimiento a todas ellas ya que gran parte de las producciones teatrales me dejan indiferente.
Aparte de las obras de Pavlovsky que nombré al inicio, otros espectáculos que atesoro a lo largo del tiempo: Postales Argentinas, El pecado que no se puede nombrar y De mal en peor, creaciones del autor/director, Ricardo Bartís. Las tres de una«Por eso, tantos influjos, seducciones, encantamientos. Tanto respeto por el talento macerado lentamente con dedicación y furia. Con lucidez, práctica y disciplina. Tanto agradecimiento.» vitalidad e intensidad magnética, con actuaciones notables, y un sólido andamiaje escénico sustentado por un relato textual agudo e irreverente. Parodia y grotesco de los grandes discursos de la argentinidad. Conservo en mi caja de herramientas dramatúrgicas lo que alguna vez le escuché decir a Bartís: “No se habla directamente del tema, éste se despliega poéticamente”. Extiendo mis honras a Cristina Banegas, sobre todo en Eva Perón en la Hoguera, de Leónidas Lamborghini. Un texto excepcional, con enormes dificultades por el corte de sus versos, frases en suspenso, por sus mutaciones e intrusiones sobre un modelo -en este caso, La razón de mi vida, de Eva Perón-. Paradójicamente estos obstáculos le sirven a Banegas como trampolín para zambullirse en las aguas de una actuación memorable. Hipnótica, arrolladora. Presencia, sonoridad y texto, ensamblados para producir la maravilla.
En mi podio íntimo también está presente Luis Machín, especialmente en su último espectáculo, El mar de noche, con texto de Santiago Loza y dirección de Guillermo Cacace. No recuerdo haber visto una presencia escénica efectuando tan poco, en los términos convencionales de lo que se entiende por acción dramática, y a la vez transmitiendo semejante espesor emocional. Un trabajo microscópico, sutil, que va desgranando lentamente la desolación de un cuerpo dolido en su proceso de derrumbe.
La primera vez, cuando concluyó la función, me encontré en un estado de vulnerabilidad tal que solo el llanto fue capaz de manifestar mi sacudón anímico. Nada semejante a la angustia, más bien la conmoción de haber tenido el privilegio de compartir una experiencia transformadora.

Por eso, tantos influjos, seducciones, encantamientos.
Tanto respeto por el talento macerado lentamente con dedicación y furia. Con lucidez, práctica y disciplina. Tanto agradecimiento.

Va mi mayor homenaje a quienes con su Arte desafían a los poderosos.
Y crean mundos perturbadores y complejos que laten detrás de las apariencias.


Susana Torres Molina es autora de más de 30 textos teatrales. Algunos de los premios otorgados: 1º Premio Concurso del F. N. Artes. (2005). Premio Trinidad Guevara. (2006). Premio Faena a las Artes. (2006). Premio Florencio Sánchez. (2008). 1º Premio Concurso Dramaturgia Colihue. (2008). Premio Municipal. (2012). Premio Konex. (2014). Sus textos se han representado en EEUU, Inglaterra, México, Brasil, España, Perú, Uruguay, Portugal y Republica Checa.