Personajes Pequeños

Por Paula Marull
Cuando veo una obra de teatro y los actores principales brillan, me conmuevo y lo celebro, pero de alguna manera no deja de ser lo que se esperaba. Sin embargo, cuando alguien hace una mínima aparición que sobresale me cautiva de una manera diferente, sucede algo del orden de la maravilla, de la sorpresa, del regalo. Como si recibir algo que no esperábamos, incluso como espectadores, nos hiciera sentir que no lo merecíamos. ¿Quién es el mozo? ¿Quién es la actriz que entró a avisar del incendio? Raúl Serrano decía que no hay personajes pequeños sino actores pequeños. En la vida muchas veces me ha sucedido igual. No hay personajes pequeños, me digo, sino personas pequeñas. Y por suerte también personas enormes.
Sin proponérmelo -pero también sin evitarlo- vuelvo a la infancia, como un espía o un pirata. Mi infancia: un barco hundido del que cada vez estoy mas lejos, pero mientras mejor nado y más oxígeno retengo puedo acercarme más. Insisto en ese terreno, como queriendo ver con ojos de grande algo que quedó grabado con la cámara a la altura de la cintura, para terminar de conocer a los adultos que aparecen en fragmentos, como las rodillas de la señora de la casa de Tom y Jerry.
Mi homenaje es a esas personas que no fueron mis padres, ni mis abuelos, ni mis maestros. Personas que podrían incluso no haber estado ahí. O que -cómo tantos otros que ya no recuerdo- podrían haber pasado por mi vida y mi infancia con el rol prácticamente de extras que el destino les había asignado. Sin embargo, estas personas desde sus roles de personajes pequeños se volvieron enormes para mí. Se llamaron Silvina, Alexis, Susana, y podría seguir.
Me aventuro a homenajearlos para zambullirme hasta que me dé el oxígeno en nuestro tiempo juntos y revisar de que está hecho el hilo que los une a mis recuerdos para siempre, como globos brillantes de helio que no se desinflan jamás.

Silvina

Silvina era una de las hijas de Florencia. Florencia fue la segunda mujer de mi papá. Una mujer buena, muchos años mayor que él, que usaba el pelo corto como varón y hacia globitos de saliva con la lengua y los echaba a volar para hacernos reír cuando nadie la miraba. Florencia había enviudado quedándose con una casa llena de hijos, jazmines, rosas y hortensias. Su marido, del que nunca escuché ni el motivo de su muerte ni su nombre, había sido un hombre estricto que los llamaba a sentarse a la mesa con una campanita de bronce que todavía tenían al lado de la chimenea.
Mi papá entonces era un joven buen mozo y carismático que fumaba cuatro atados por día y tocaba la guitarra, que no tenía casa, ni trabajo estable, ni problemas en irse a vivir con ella a pesar de lo que dijeran los vecinos y callaran los familiares. Los hijos de Florencia eran mucho más grandes que nosotras, quizás no tanto en años pero sí estaban en otra etapa: mientras nosotras empezábamos la primaria, ellos terminaban la secundaria. Eran cinco adolescentes que entraban y salían de la casa siempre con grupos de amigos y se tiraban en la pileta sacando la cabeza para hacer «la peinadita». Tenían apodos de dos sílabas que usaban para llamarse en lugar de sus singulares nombres.
Silvina era una adolescente  a la que aún no la había raptado la pavada que abducía a muchas de sus contemporáneas; se vestía con las mismas remeras que sus hermanos y se reía con una carcajada estridente y moviendo los hombros. Quizás por eso la habían apodado “Chivo”, aunque ella se enojara. A diferencia de su hermana mayor no se maquillaba ni jugaba al hockey, ni tenía novio, ni aros, ni el pelo rebajado, ni un grupito de Silvinas igual a ella que la acompañara a todas partes. Era más bien solitaria. Para nosotras nada era más divertido que estar con ella. Cuando digo nosotras me refiero a María, mi hermana gemela, con quien compartimos la infancia y los recuerdos, y la inevitable costumbre de que los párrafos se nos vayan al plural. A donde tuviera que ir Silvina, la acompañábamos; caminábamos largas cuadras mientras pasábamos la mano por las ligustrinas de los vecinos con temor de que nos salten los perros. En esas caminatas nos contaba cosas, pero más que nada nos preguntaba. Se había aprendido el nombre de nuestros amigos y habíamos advertido que si le contábamos algo, a la vez siguiente nos volvía a preguntar sobre el asunto. A diferencia del resto de la gente, para Silvina éramos una novela que le gustaba seguir capítulo a capítulo.
No recuerdo que días íbamos, supongo que los fines de semana y algunos más en la semana. Digo supongo porque los recuerdos de la infancia tienen tiempos enrarecidos. Lo que sí es seguro es que fuimos los días y horas suficientes como para aprendernos de memoria las habitaciones, el lugar que cada uno ocupaba en la mesa, los dibujos de los empapelados, el sonido del cajón de las cucharas, el pasadizo secreto a la pileta, el ruido de la manguera, la sombra del sauce llorón.
Cuando Silvina volvía del colegio y nos encontraba sentaditas en la penumbra del living o haciendo collarcitos de hojas en la entrada del garaje, nos llevaba a tomar la leche con ella para conversar. Tenía especial interés por esos compañeritos que nos burlaban o no nos invitaban a jugar. Entonces, sin que nadie la viera, nos llevaba al escritorio que había sido del padre y cerraba las puertas corredizas que ya nadie cerraba. Buscaba los nombres de nuestros compañeritos en la guía de teléfono y discaba. Después ponía una voz muy rara y decía, aunque atendieran los padres, que era Carozo y Narizota y que los invitaba a tomar la leche al programa.
Nos hacía unos chupetines horribles de caramelo enroscado sobre las cucharitas de café que tirábamos apenas se descuidaba y un Nesquik demasiado clarito con grumos que no podíamos digerir por más que nos esforzáramos. No había caso, todo lo que les había gustado a los chicos de ahí a nosotras nunca nos gustaba. Un abismo de comidas, muebles y flores nos separaba. Salvo la Isla flotante, uno de los pocos abismos que habíamos logrado saltar después de que la adaptaran reemplazándo el caramelo por un dulce de leche tibio y blandito especialmente para nosotras.
Después de unos años de vivir con Florencia mi papá le compuso una canción que decía que su nombre es una Flor y es un herida, y se fue a vivir a España. Florencia siguió buscándonos los jueves para no perder el contacto. Nos quedábamos a dormir en su casa, dormíamos con ella en la cama grande, nos leía siempre el mismo cuento y a la mañana nos llevaba a la escuela. Nos dejaba elegir una flor de su jardín para la maestra aunque fuera una rosa y en el camino nos dejaba pasar los cambios del auto.
En esas tardes siempre llegaba el momento en que nos insistían primero y nos imploraban llegando la noche, que le escribiéramos una carta a nuestro padre. Aunque sea una línea, aunque sea un dibujito. Algo, por favor, aunque sea un puntito. Una letra en la posdata de su carta. No se por qué, nosotras que accedíamos siempre a todo, nos rehusábamos tan firmemente a ese detalle. Recuerdo una tarde estar sentada en el living y haber logrado hacer un dibujito después de mucha presión y goma de borrar. Era una nena azul con una trenza que no me terminaba de convencer. Todos querían verlo. Yo me desvivía por taparlo. Silvina me dijo: «no te preocupes. Dibuja tranquila. Si no me lo querés mostrar yo no lo voy a mirar». Y se quedó a mi lado como si nada. Sin intentar más.
Yo recibí esa frase como algo nuevo. Como si nunca nadie me hubiera dicho o hecho algo así por mí. Creo que inauguró en mí el sentimiento de respeto a lo privado. Todavía recuerdo esa sensación. Un calor en el pecho.
Después de unos años mi papá volvió de España y se fue a vivir a Corrientes dejándonos para siempre sin esa casa llena de flores. Nunca más las vimos a Silvina, ni a Florencia. En verdad una sola vez a cada una. Pero ya no eran ellas.
Muchos años después cuando teníamos más de 15, la mujer de una amigo de mi papá nos llamó para decirnos que Florencia quería vernos. Estaba en una habitación del Hospital Británico y había pedido por nosotras. Quería despedirse. Tengo el recuerdo de ese día en blanco. Ella blanca, su pelo, su piel, las sabanas, las enfermeras. Con una voz suave y amorosa nos dijo que estábamos grandes y hermosas y que sabía muchas cosas de nosotras que le habían ido contado. Nosotras sonreíamos haciendo fuerza para llorar para adentro, después la abrazamos como pudimos entre tanta cosa y al cerrar la puerta nos desmoronamos, imagino que ella del otro lado también.
El hermano de mi papá nos llevo al velorio. Era en su casa. Los hijos estaban en el jardín repartidos en grupitos rodeados de amigos como siempre pero un poco más callados. La mujer de mi tío repetía que mi papá estaba viniendo de corrientes colgado en un camión de viruta porque no conseguía pasaje. Silvina tampoco llegaba, se había hecho macrobiótica y se había ido tras una especie de gurú a vivir a Alemania. Estaba rara la casa sin ellas.
Mi tío y su mujer estaban paralizados por la prudencia y no se movían del ligustro de la entrada. Nos quedamos un ratito nomás. Hubiéramos querido quedarnos todo el día. Todos los días. Ir a la pieza de Silvina, comer una porción de isla flotante, que nos leyera el cuento de Teodorico, abrazarla, bañarnos en su ducha con mampara y sacarnos las gotas del cuerpo con la mano adentro de la bañadera para no mojar el piso como ella nos había enseñado.
Unos días después nos llamo Silvina. Nos invito a su casa y nos regaló una fotocopia de la carta que había leído en el entierro, donde decía que su mamá había vuelto a la tierra junto a las lentejas y los porotos y las flores que tanto amaba.

Alexis

Alexis era el fotógrafo de Esquina. Esquina es un pueblo de Corrientes donde había ido a vivir mi papá después de separarse de mi mamá.
Comparsas, bautismos, casamientos, fiesta del pacú, festival de la sandía, cualquier evento Alexis lo cubría con su cámara que se iba modernizando según el avance de la tecnología. Revelaba las fotos y las ponía en la vidriera de su negocio para que los esquinences que quisieran las mirasen y los que pudieran las compraran.
Alexis era el papá de Clotilde, una de nuestras mas queridas amigas. Muchas veces Clotilde lo acompañaba, moviéndose donde él le iba indicando, sosteniendo unos cables negros y el flash que también se iba haciendo mas liviano con los años. Vivían frente a la casa que alquilaba mi papá. A diferencia de los otros vecinos, la familia de Clotilde no sacaba la silla a la vereda, ni participaba del asado del 31 cuando mi papá y su compadre cortaban la calle con unos caballetes y tiraban la carne en plena General Velazco para recibir el año nuevo. Solía estar despierta cuando después de las doce, abriéndose paso entre los que se habían entregado al baile, regresaba el auto de Alexis con su familia y Clotilde asomaba la manito decorada con anillos y pulseritas doradas para saludarnos.
La casa de mi papá no tenia living ni habitaciones. Era mas bien un rejunte de ambientes donde ellos habían desperdigado los muebles de manera azarosa o practica, o cómo le fueron entrando. Salvo el baño y la cocina lo demás no era del todo living «En Esquina pasábamos hambre, calor y frío. Pero volvíamos cada año, los tres meses de las vacaciones de verano porque allá éramos así y todo, de alguna manera extraña o no tanto, felices y libres como en ningún otro lado.»ni del todo dormitorio ni del todo comedor, ni patio. Los canteros del patio en lugar de flores tenían agua negra con morenitas, unos peces de la familia de las anguilas, que un amigo de mi papá vendía para carnada. En los pocos metros del fondo, alrededor del único arbolito que se erguía mi papá había sembrado choclo hasta hacerlo desaparecer. Y en el frente, en lo que habría sido un local con vidriera había clavado unas frazada a cuadros marrones a modo de Blackout y metido tres camas y una heladera. Una noche durmiendo en un colchón agarré una rata con la mano. Nos bañábamos con ojotas después de que Clotilde nos contara que la dueña anterior había estado cuatro días muerta en el piso de la ducha. Y tenía hasta las pruebas, que por supuesto jamás requerimos, porque la policía le había pedido a Alexis que le sacara fotos al cuerpo.
En Esquina pasábamos hambre, calor y frío. Pero volvíamos cada año, los tres meses de las vacaciones de verano porque allá éramos así y todo, de alguna manera extraña o no tanto, felices y libres como en ningún otro lado. Ahí aprendimos a tomar mate amargo, porque después de vagar, como dicen allá, durante toda la tarde era lo mejor y lo único que te podían ofrecer además de agua fresca, que por el calor que hacía no te negaban en ningún lado. Pasábamos la siesta boyando de casa en casa, en la playita, en la plaza, de vereda en vereda. Tratando de encontrar a algunos de nuestros amigos dispuestos. Con terror de tocar el timbre en las casas en que los padres descansaban.
En la casa de Clotilde sin embargo nos animábamos a asomarnos y hasta a entrar despacito a cualquier hora, por más que el motor del aire acondicionado estuviese encendido y la casa muda. En la casa de Clotilde siempre éramos bienvenidas, era el único lugar de Corrientes donde nos sentíamos más importantes o por lo menos iguales que la siesta. Y eso en un lugar donde la siesta es sagrada es decir muchísimo.
Alexis era un hombre callado, que se ponía mas callado cuando estaba su mujer que era la dueña de todas las palabras. Sin embargo, cuando hablaba tenía una voz muy fuerte y poderosa, como de cantor de opera que contradecía con su aspecto de hombre apocado.
Cuando nos veía llegar pegaba cuatro gritos. Vinieron las Mellis, Clotilde. Ofrézcanle algo. Nosotras no gracias. Pero sí querida. No gracias estamos bien. Ramona, denle algo a estas gurisas por favor. Y ahí aparecía, de la heladera, del mercado, de algún lado siempre llegaba la botella de coca cola. Helada. Servía hasta arriba me acuerdo. Porque la Coca Cola puede ocultar a los pijoteros que se van en espuma. Alexis no era de ese grupo. Esperaba que se baje la espuma y le agregaba. Dos o tres veces podía agregarle. Y el hielito lo dejaba siempre aparte. Tampoco ocupaba lugar con el hielo. No volví a ver un hombre mas generoso al servir Coca Cola que él.
Cada vez que lo encontrábamos cámara en mano, nos sacaba una foto. Y le gustaba repetir todos los años la foto de todo el grupo de amigas contra la enredadera de su patio para guardar registro de cómo íbamos creciendo. En los últimos días del verano, antes de que volviéramos a Rosario, nos obsequiaba un albumcito de “Alexis fotos” con todas las fotos que nos había sacado, incluso a veces agregaba fotos de comparseras que le habían quedado sin vender. Porque muchas se hacían sacar “de balde” como dicen allá. Para estar unos días más en la vidriera nomás. Para que se siga hablando de ellas después del corso. Alexis era un hombre bueno. No colocaba fotos desfavorables en la vitrina para asegurar o apurar su venta. El no hacia eso para nada.
Con el avance de la tecnología la gente se empezó a sacar sus propias fotos, y la vidriera de su negocio fue reemplazada por Facebook, la gente ya no necesitaba ir hasta su local para ver fotos de otros y comentarlas, así que se limitó a sacar fotos carnet, y agregó a su negocio servicio de fotocopias, correo, y artículos de kiosco. La esquina de Alexis es uno de los polirrubros mas importantes de Esquina.
Por pocos días que vayamos, nunca nos vamos sin pasar por lo de Alexis. Para nuestras hijas es la mejor parada. Las deja manotear golosinas, atender el kiosco y les convida coca cola.

Susana

Susana era una de las tantas amigas de mi tía. Eso para mi hermana y para mí ya era decir algo. Las amigas de mi tía no eran maestras, ni amas de casa, ni se parecían mucho a las madres de nuestros amigos del colegio. Mi tía no tenia hijos, ni marido. Marido sí, había estado casada menos de un mes con un maestro suyo de la facultad que le llevaba 20 años cuando ella tenía 17. Después de eso ella se fue del país y se hizo azafata. Vivió por muchas partes del mundo y pasó por nuestra infancia trayéndonos historias y regalos desopilantes. Nombrando a un amor que había tenido que dejar en Arabia Saudita y huir entre las bombas para salvar su vida, sin mas bagaje que sus recuerdos y un gato de peluche que él le había regalado, y al que nosotras sin saber lo que hacíamos le arrancamos los bigotes. Cuando mi tía volvió al país se instaló en Buenos Aires y siguió con su carrera de azafata. Sin embargo su pasado internacional y su contacto permanente con el exterior la influenciaron para siempre.
Todo le parecía que en otros países era mejor y mas barato. Todo lo que compraba o pagaba lo convertía a dólares y le causaba la misma sorpresa, ¿Dos dólares, esto? ¿Cinco dólares, esto? ¿Diez dólares, esto? No usaba corpiño, ni entendía por que los vecinos de casa se asomaban cuando ella venía a Rosario y tomaba sol en tetas como se acostumbraba en todas las playas del mundo.
Un día mi tía le dijo a mi mamá que ya era hora de que viajáramos solas como hacían todos los niños del mundo y la convenció para que nos mandara a pasar las vacaciones de invierno a su casa. Nos colgaron del cuello un cartel que decía Paula y otro María y nos embarcaron en un vuelo a Buenos Aires donde mi tía nos esperaba con dos colchones y un itinerario de programas que incluía teatro, cine, patinaje sobre hielo, parques de diversiones y las casas de sus amigos.
Susana era bailarina. Había sido una bailarina importante del Colón y del mundo, que había tenído que dejar de bailar porque estaba perdiendo la vista y, quizás por haber padecido la privación de ese medio, ahora disfrutaba de los helados como nadie. Su hermano estaba de novio con Ricardito, un joven risueño y bronceado que usaba la ropa pegada al cuerpo y que donde fuera llevaba consigo una botella con jugo de zanahoria para poder rociarse cada vez que lo interceptaba un rayo de sol.
No habíamos visto nunca una bailarina real, más que Maya Plisetskaya por televisión. A pesar de eso, no era eso lo que nos había enamorado de ella. Susana, era lo más silencioso de todo lo que habíamos conocido en la ciudad de buenos aires. Vivía en un edificio antiguo en el microcentro, había que empujar una puerta muy pesada de hierro para entrar, pero después de atravesarla todo se ponía fresco y silencioso como por arte de magia.
Susana era callada y siempre tenía en la cara una sonrisa que quería asomar. Tenía los ojos un poco tristes. Pero no esa tristeza que duele y arrastra al otro, sino esa pequeña tristecita que es sano poder sentir. Que la volvía humana y posible. Tenía las manos suaves y sin anillos. En su cuerpo y en su living siempre había música. No prendía el equipo para entretenernos y poder seguir conversando con mi tía como solían hacer sus otras amigas y también las amigas de mi mamá. No, a ella le gustaba sentarse a escuchar las canciones sin hacer más nada y conversar sobre eso. La que más nos gustó era una canción que contaba la historia de dos leones que se habían tenido que separar, a un león se lo había llevado el circo y al otro un zoológico. Era una canción muy triste que Susana trascribió tiempo después en una hoja y nos la mando a Rosario por correo para que la pudiéramos seguir cantado.
Al final de las vacaciones, después de invertir una fortuna en paseos, mi tía nos preguntó que fue lo que mas nos había gustado. Para su desconcierto, respondimos “el subte”. Pero en realidad, lo que más nos había gustado de todo Buenos Aires era Susana.

 


Paula Marull nació en Rosario. Es dramaturga, directora y actriz. Egresada de la carrera de Dramaturgia de la EMAD. Se formo con Javier Daulte, Mauricio Kartun y Ricardo Monti entre otros. Su opera prima VUELVE (Autora y directora), fue ganadora del premio Argentores y obtuvo dos nominaciones a los premios Trinidad Guevara. También escribió y co dirigió “Arena, todo se deshace” y “Yo no duermo la siesta”(Autora y directora) ganadora del premio ARTEI, y mención de honor del Fondo Nacional de las Artes. Dirigió “Los ojos de Ana” del Luc Tratar en el Festival Internacional de Dramaturgia Europa+America. Dirigió “Sarda” de Roxana Aramburu en el ciclo Teatro por la Identidad 2017. Su texto “Soy una cancion” abrió el festival internacional FILBA de literatura y fue dirigido por Marcelo Moncatz en diversos ciclos. Su texto “Mi Naturaleza” es parte del ciclo Jardín Sonoro 2019. Como actriz trabajo en Vestuario de Mujeres de Javier Daulte, Un Hombre con gafas de pasta de Jordi Casanovas, Hidalgo de Maria Marull entre otros. Escribió teatro, narrativa y ficción para tv.