Mauricio Kartun: “el faro”

Por Patricio Abadi
Me invitan a colaborar con un número de la revista cuyo eje temático es “homenajes”. Elijo a Kartun. Me siento en paz. Es una oportunidad que me regala la vida. Devolver algo de todo lo que Mauricio me ha dado, no solo a mí, sino a muchos y en especial a la dignidad de este oficio que amamos y que se llama teatro. La primera vez que lo vi personalmente fue en el ingreso para la EMAD, apenas un día después del entierro de mi madre. Mi vieja, que agonizaba y venía peleando contra una enfermedad desgarradora, me dio una mano analizando para el coloquio La tempestad, de Shakespeare, y antes de morirse dijo: -Tenés que entrar ahí, Patricio. Va a ser bueno para vos. Me voy a descansar. Se le fue yendo la mirada y a las pocas horas, antes del amanecer, se murió escoltada por mi hermano y por mí, en la habitación de cuando éramos niños, cubierta por sábanas con motivos infantiles, trabajadas por el tiempo, de cuando vivíamos allá. Al día siguiente del cementerio, en el coloquio, fue la primera vez que verdaderamente tuve deseo de que me eligieran para estar en un aula, ámbito que había padecido y del cual siempre había huido -amén de haber recién terminado, con 22 años, una carrera “en serio” para que me “dejaran” estudiar teatro-.
Una digresión para contextualizarme en relación con el homenajeado. Yo siempre fui incompetente para todo: me llevaba siete previas por año, fui deportado al Cottolengo Don Orione para cumplir tareas comunitarias debido a mi conducta escolar (una suerte de probation para principiantes). Hasta la aparición del poeta Javier Aduriz, quien en quinto año me invitó a hacer teatro. Allí, la primera revelación. Sin ninguna habilidad marcada en la ejecución, salía de la secundaria por la ventana, lleno de previas y amonestaciones, pero de manera impensada y sin test vocacional, de repente me llevaba dos oficios; empezaba a escribir y a actuar. Luego, como en un viaje lisérgico, me sumergí en el extraño mundo de Alberto Laiseca. Tres años de narrativa dentro del realismo delirante, con el maestro que me compartió la llave de los paraísos artificiales, ese lugar sin límites que es LA IMAGINACIÓN. Lugar donde, al igual que el querido e inolvidable Lai, paso más tiempo que en el mundo real. Podría decir que Laiseca fue la educación sentimental. Salí más poblado pero era un caos. Había fondo pero no había forma. Ni en la escritura ni en la vida. Todo se espejaba de manera resquebrajada. El relato -que no era otra cosa más que yo mismo hecho balbuceos-, pedía a gritos una mínima estructura. El relato necesitaba ser obra. Y en esa encrucijada tuve la bendición de aterrizar en el mejor lugar que el destino me tenía preparado para tratar de darle un encuadre estético al caos.

Las clases de los lunes con Kartun eran una fiesta. Te daban ganas de dejar ser ateo. Mirada transparente, buena voz, un entusiasmo inoxidable y una sabiduría que te despabilaba la resaca. Kartun, el actor oculto: si aceptamos por actor a alguien que con recursos expresivos te captura la atención y que cuando te la devuelve sos un poco mejor. ¿Cómo escribir “un homenaje” sobre alguien que admirás y que despierta ese magnetismo de manera unánime en todo aquel que lo conoce? ¿Cómo generar la tensión necesaria para no hacer de esto un texto pavote y meramente laudatorio? ¿Cómo condensar en cinco páginas la vastedad de una persona que en apariencia es solo una, pero -así como decían de Shakespeare u Homero- pareciera ser muchas más? Voy a probar aparecer y desaparecer. Desaparecer para que aparezca, como “la terrible sombra de Facundo”, el dramaturgo que así como lo hicieron Kafka en la narrativa, Kirchner en la historia de la política argentina, Kavafis en la poesía, él ha hecho lo propio desde la escritura teatral y se ha quedado para siempre con la letra K del alfabeto. Con ustedes Kartun, y para multiplicar senderos en este bosque de lectura, más allá de esta pluma edulcorada, mejor dejar lugar a la polifonía y saltar el alambrado de la red conceptual.
Para empezar este recorrido sin más brújula que la intuición acudo a la voz del propio Kartun:
«Como los carpinteros modelan la madera, como los albañiles el ladrillo, los escritores trabajamos con la palabra. Vivimos de ella y con ella. La convivencia a veces áspera y otras placenteras, obliga, como todas las convivencias, a una cercanía algo promiscua en la que cada uno no puede dejar de ver detalles, virtudes y defectos. De ese humilde capital que es este saber quiero hacer mi modesto aporte a esta tribuna. Quizás porque mirando a las palabras más de cerca veamos detalles que las diferencien, que las saquen del encasillamiento que las condena a la repetición monótona» (Mauricio Kartun – Escritos 1975-2015).
“Puedo ponerme cursi y decir” que estamos posando la lupa sobre la persona, y “en esto soy absolutamente irreductible”, más preponderante de la historia del teatro argentino. Como estoy prevenido de que alguien pueda decir que esta categorización es producto de una megalomanía derivada de la afinidad estética y del cariño, me tengo preparados argumentos científicos, estadísticos e irrefutables. Su incidencia fáctica en el desarrollo de nuestro teatro es insuperable. Kartun ha sido el generador, desde su espacio como formador, de casi todas las generaciones de dramaturgos desde hace mucho tiempo hasta acá. Si hay un maestro que ha sido plural en nuestra tradición, en cuanto a no imponer su gusto por encima de las fuerzas latentes del imaginario de sus alumnos, ese es Mauricio Kartun. Ha orientando hacia su esencia más singular dramaturgias cuyos autores -si revisan entre sus discípulos-, son tan heterogéneos que casi no podría reconocerse al mentor. Y es, en esa desintegración, donde aparece un verdadero maestro. Esto es de valorar porque no es lo que más acontece en la enseñanza de las artes escénicas. En general, uno rápidamente identifica “este viene de tal escuela o de tal otra”, porque a veces la fuerza de irradiación suele ser muy delatora e incluso sucede que discípulos gesticulan en escena (y fuera de ella) igual que como su maestro gesticula cuando enseña. O tienen una sola lente estética, obviamente la misma que su maestro, en una supuesta lealtad que atrasa y los condena. Este modo de contagio lo que produce son clones, cloncitos con diferente color de ojos en el mejor de los casos, pero con la misma mirada. En cambio Kartun, al no imponer imaginario ni textura poética, dio lugar al albor de la heterogeneidad de voces que vienen regando la escena. Tanto desde la tarea en su estudio así como en el curso de dramaturgia en la EMAD. «Mauricio Kartun es nuestro “Rolling Stone”. Como autor escribió hits tales como Sacco y Vanzetti; obras de culto como Pericones; y logró que los pesos pesados de la dirección se relamieran por algún nuevo material que pudiera surgir de su mano.»Carrera, por otra parte, que resulta otra conquista fundamental de Mauricio inscribiendo a la escritura teatral en una situación institucional que la contiene sin marchitarla. Porque el curso de dramaturgia de la EMAD es un oasis en medio de esa frenética kermese para adultos que es el barrio del Once; un jardín epicureísta en el pulmón de manzana del mundo concreto. Un ámbito que soñó y materializó Kartun para los chicos y chicas que llegábamos, llegan y llegarán con la ilusión de escribir teatro.
Esto en cuanto a su ser MAESTRO, pero ahora pasemos al HACEDOR. Coincidamos en que hay varios profesores notables, tanto en actuación como en dirección, que son excelentes e idóneos para la docencia, sin garantizar esto una continuidad agraciada, prolífica o persistente en su campo de acción. Es decir hay excelentes maestros que no arriesgan; maestros de actuación que actúan poco, o que casi ya no actúan; maestros de dirección que no montan espectáculos; y formadores de dramaturgos que estrenan poco y nada como autores. Sin embargo, en el caso de Mauricio la transmisión del oficio siempre está en simultaneidad con “el hacer”. Se pone en escena, se arroja, vuelve a apostar, es un jugador compulsivo y esa es una de sus mayores grandezas. Podría tirarse a comer uvas sobre el manto de su prestigio, pero no. Los pergaminos se ve que no le proveen tanta adrenalina como sí lo hace ese dulce veneno de ir a la función. Entonces, el escenario, “el rock”, lo dionisíaco. Mauricio Kartun es nuestro “Rolling Stone”. Como autor escribió hits tales como Sacco y Vanzetti; obras de culto como Pericones; y logró que los pesos pesados de la dirección se relamieran por algún nuevo material que pudiera surgir de su mano. Esto dentro de lo que podríamos llamar su Antiguo Testamento. No obstante, el último tramo de su itinerario ha hecho emerger desde su interior al director. Este alumbramiento generó una suerte de efecto Benjamin Button, donde el Kartun experimentado vino conviviendo con el joven director Kartun y finalmente esta sinergia produjo una explosión cuya onda expansiva atraviesa ya las últimas dos décadas de la escena y parece no detener su temblor. Y con este desembarco en la puesta en escena, algo se ha vuelto integral, totalizador y andá a alcanzarlo. La Madonnita, El niño argentino, Ala de criados, Salomé de chacra, Terrenal. ¿Les suenan? El hombre desde sus imágenes, su honestidad poética y la maquinaria artesanal del teatro independiente, se ha vuelto arrasador y es el elegido por el público en todos sus espectáculos por delante del circuito oficial y comercial.
Me permito el derrape autorreferencial en virtud de hablar del “entre” con Mauricio. Siento como un orgullo que mi libro Teatro reunido lleve en su contratapa las palabras de mi Maestro. También tuve la satisfacción inmensa de que una noche sofocante de enero haya venido a ver Antihéroe Off. La temperatura era agobiante, se había roto el aire acondicionado en El Camarín de las Musas. Se iba a suspender. No lo podía permitir. Venía Kartun. En ese momento, veinte minutos antes de dar sala, entre voces que debatían si hacerla o no, salgo disfrazado al “chino”. Corro por Mario Bravo, sin remera, en pantalón corto y con los guantes de “Hamlet Balboa”. Compré 20 aguas de 600 cm3 y una bolsa de Rolito. Junto a Paula Marrón convencemos a la gente del teatro de que nos permitiera hacerla igual. Repito: venía Kartun. Pusimos todo en la heladerita playera de “Remo” y en un “aparte” -improvisado para la ocasión- subí por los gradas como un aguatero –“siempre desde esa zona fronteriza entre la realidad y la ficción”- y pude darle una botellita de Eco de Los Andes para que compartieran Mónica y él. Su risa inconfundible la recuerdo como la más maravillosa música. Una última anécdota y freno para que el texto homenaje no se vuelva la sobremesa de un asado. Inaugurábamos Onírico y le dije que se me había ocurrido ponerle su nombre a la sala de teatro. Me respondió en un mail:- “Pato, eso suena a mausoleo. ¿Porqué no hacer un ciclo que se llame Mi fracaso donde se cuenten los tropiezos en la profesión? Yo me propongo como primer expositor”. Eso es Kartun. El otro. Kartun es él y el otro.
Un aspecto un poco ñoño (¿acaso el formato homenaje no lo es?), pero de una importancia extrema, es el factor humano. Kartun es un gran tipo. Es un ser humano fuera de serie. Encarna lo mejor de nosotros. Es lo más parecido a los maestros que leemos en los libros ancestrales. Una majestuosidad cero solemne. Una generosidad inagotable. Y si “buen tipo” y todo lo que eso abarca les resulta un poco naif, hablemos de sabiduría. En una época dinamitada por el narcisismo y la auto-designación; donde por un puñadito de obras satisfactorias, creadores empujados por el marketing -sumados a la sagacidad de un productor o una productora eficaz para posicionarlos-, se suben al caballo tornasolado de la enfermedad ególatra; en épocas donde “creerselá” está al alcance de la mano, donde “el artista del lobbie” se desvive por saludar “al de arriba” y mirar para un costado cuando lo saluda “el de abajo”; en esta posmodernidad especuladora y desalmada que ensaya chateando con los programadores de Europa; allí otra vez nos rescata Kartun, “el faro”. Nos rescata sopesando nuestro snobismo oprobioso, nuestra identidad cipaya, nuestro alpinismo sin más encanto que el de llegar al firmamento de los falsos profetas del teatro contemporáneo, en cuya pompa y arrogancia se esconde muchas veces la irreparable ausencia de un universo poético personal. Como contraste a toda esa ambición epidérmica, Kartun nos enseña todo el tiempo, sin subrayar nada, tratando siempre con amabilidad a cualquier persona que se le acerca. Horizontal. Kartun es el claro ejemplo de que se puede ser “el mejor” sin embargar el corazón. La revelación, anagnórisis, o insight (en términos de pepsi-cología) sería: ¿por qué si no se la cree Kartun, te la vas a creer vos? Mauricio fue contemporáneo de épocas donde estaba legitimado el “maltrato romántico de maestros” que estrujaban ilusiones traficando sueños al precio de un par de traumas. En el caso de Kartun nunca ha necesitado hacerle un torniquete en la introspección a nadie para sacarlo bueno, ni bajar o subir a nadie de un oficio arrogándose el derecho de determinar el destino ajeno. Quisiera aclarar que su bonhomía no lo priva del acceso a las tinieblas. Tal vez si no fuera así, sería un buen jardinero pero no un buen escritor. Kartun, como autor y teatrista, es pícaro, atorrante, divertido, poeta, delirante y seguramente deben habitar multitudes dentro ese carismático filósofo de camisas incoloras. Pero esa esquizocreatividad encuentra en sus clases y sus obras, el mejor orificio de salida. A Kartun nada de lo humano le es ajeno.
«El partener esta hecho de cosas que me conmueven hasta el alma. Las profesoras de folclore. Las peñas semanales. Un padre y un hijo varón, solos. Los artistas de cantina. Algunos pueblos de Buenos Aires, construidos, entre otras cosas, de la emoción que desde siempre me han producido los versos guachescos. Esas ganas de llorar contradictorias, vergonzantes. De eso está hecho El partener. De esos retazos. De esos jirones del imaginario. Desde mis discos de pasta y la ropa vieja que me gusta usar hasta los flecos. Las fotos blanco y negro y los álbumes de canciones. Del murmullo tristón de la radio portátil en las madrugadas. De esas imágenes, bah, irremediablamente melancólicas con las que fantesamos los artistas retener alguna vez el pasado» (Mauricio Kartun – Escritos 1975-2015)
El pasado se nos escurre entre las manos pero no obstante dicen que la eternidad está reservada a la escritura. Ojalá entonces que este texto entusiasta y un poco asmático, colabore con marcar a fuego -como con un soplete sobre el cielo nocturno-, el nombre de Mauricio Kartun. Un destello en el horizonte de las generaciones venideras. Y a su libro Escritos 1975-2015, como un libro sagrado de este ritual a cuyos dioses paganos nos encanta invocar para calzarnos los trajes y salir a tomar por asalto los palacios de la imaginación.


Patricio Abadi es Licenciado en Comunicación con orientación en Letras y egresado de Dramaturgia en la EMAD. Es director artístico y docente en Onírico Espacio de Arte. Su «Teatro Reunido» está publicado en Eudeba. Dirigió en el CTBA «El estadio de Arena» por cuya dramaturgia obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Se encuentra desarrollando su serie «Biografías ficcionadas» que empezó con Frida Kahlo, sigue actualmente con Bonus Track inspirada en Herbert Vianna y próximamente llevará a cabo «Patti Smith» (Conferencia de amor), escritura para la cual obtuvo la Beca a la creación del FNA. Además de actuar y dirigir sus obras; otros directores como Daniel Veronese y Mauricio Kartun han llevado a escena textos suyos.