Lo que habla en mí

Por Soledad González
Si las cosas son las palabras de la realidad, como dijo Pier Paolo Pasolini, la realidad nos habla. Y agrego al axioma que las voces que nos acompañan traccionan nuestra mirada para acercar una porción de mundo. Si el cuerpo de la palabra es la experiencia, lo marcante que deja huella, en esta invitación para escribir sobre homenajes tengo que hablar en concreto de las experiencias de las voces que me han marcado y hablan en mí.

El teatro para exorcizar el destierro y abrir las preguntas sobre la repetición

En 1984, con 14 años y las calles tomadas por los festivales latinoamericanos de teatro entré de lleno en el indie cordobés. Graciela Ferrari había regresado en el 85 de Italia con Avevals, la tierra ninguna, una obra sobre su exilio que cabía en tres pequeñas montañas de cartapesta con cimas que se abrían y dejaban escapar una colección de minucias que hablaban. El teatro para exorcizar el destierro y abrir las preguntas sobre la repetición. Durante casi tres años tomé clases con Graciela. Quería contar con el cuerpo y arrojarme a la oralidad. No cerré ese ciclo porque en 1987 viajé con una beca de estudio a Francia. Me quedé 9 meses más después que terminó el asunto escolar y durante ese tiempo viajé por grupos y compañías de teatro de Italia, con un mapa que Graciela le dio a una compañera. Pasamos una temporada en Módena en casa de Pippo Delbono. A Pippo lo habíamos conocido junto a Pepe Robledo, en un Festival en Córdoba con la obra El tiempo de los Asesinos. La voz de Pippo era luctuosa, la boca salpicaba, la cabeza sudaba mientras preguntaba: “¿Alguien ha visto un muñequito de madera?”. Buscaba una especie de Pinocchio que había pertenecido a un amigo y que él había perdido. Ya no lo podía encontrar. Esa búsqueda por restituir huellas resume en parte lo que significa el teatro para mí. Como en los viejos rituales donde honramos a los antepasados, hay un teatro que honra las épicas íntimas, las búsquedas y las preguntas que nos igualan. Graciela y Pippo me enseñaron eso.

¿Qué es el teatro? ¿Una aventura del aliento, del soplo, del espíritu?

El teatro ecualiza intensidades, anima polifonías, despeina la escucha y necesita épica. La épica y la aventura de la oralidad iluminada por la polifonía las aprendí de la abuela que cumplió el rol maternante en mi niñez y que recitaba de memoria poesías de Rosalía de Castro y cuentos de Quevedo. Trabajó desde los 7 años y en Galicia había sido niñera de los hijos de Valle-Inclán quien, en sus relatos, cada día a las seis de la tarde subía a la torre, fumaba, escribía y nadie pero nadie lo molestaba. Bajaba a la medianoche. Era manco porque en un duelo el gemelo se le incrustó en la carne que se infectó y hubo que amputar. No quería que lo ayuden, eso contaba mi abuela de Valle. No creo que lo haya podido leer. Valle, que hablaba del verbo espermático y mientras escribía inspirado, las mujeres abajo se ocupaban de la casa, los hijos y le subían la cena. Lo puede haber llamado cabrón y señorito. Pero a mi abuela, niña criada y niñera le gustaba ese mundo de letras, lo vio en la mesa al joven Borges, a veces Valle la dejaba sentarse a la mesa con sus hijos y los invitados. Ella, una niña con obligaciones, vivió una vida de trabajo y se murió con más de cien años lamentando no haber aprendido a escribir y no haber podido estudiar. Pero contaba historias. Manejaba el arte del tiempista. Sabía atraparnos y soltarnos para encontrar siempre un final gracioso y ridículo, a pesar de todo. La risa cabalgando las ironías de la vida para dejar paso a otra cosa.
Entonces aquí hablamos de la mirada, de lo que traemos de los ancestros, de lo que le habla a cada quien, de lo que cada cual está listo para ver. De esa mirada singular, con marcas. A veces, no me encuentro con el teatro que veo y otras me resulta muy perturbador. En mi experiencia lo que deja huella es lo que me perturba como espectadora. Los primeros fueron Graciela Ferrari y Pippo Delbono, la montaña solitaria y el muñequito extraviado. En esos años ‘80 toda metáfora sobre la vida y la muerte tenía una potencia difícil de restituir y no dudo al asegurar que si hoy recupero el momento, revivo la emoción.

Siguieron los espectáculos del Periférico de Objetos: los vi a todos, en cada festival, a lo largo de los ‘90. Desde Variaciones sobre B, en una escalera de mármol, con un manojo de 15 espectadores hipnotizados por dos manipuladores y su magia; El Hombre de Arena, con un poco más de espectadores en un microcine húmedo por el calor de los cuerpos y el olor a tierra removida que se volcaba de la escena a la platea. Zooedipus ya en un mega mercado barrial, espectacular. En el ‘98 viajé a tomar clases de «teatro de objetos» con Daniel Veronese en la sala El callejón de los deseos, de Alicia Leloutre. Éramos ocho, tres cordobeses, con Alicia y Javier Swedzky. Daniel y El Periférico de Objetos fueron mis referentes de los ‘90. A medida que los seguía, sentía que habían encontrado una vibración tan contrastante con la realidad de esos años en que Tinelli había desembarcado y el habla se había vuelto de golpe más gritada. En su teatro no hablaban casi, había voces en off, música, un posicionamiento en una época en que la tele nos enseñaba a cagarnos de risa de todo y por nada.
El otro perturbador de los ‘90 fue Paco Giménez. Al volver a Córdoba, habiendo visto mucho teatro en Francia, Italia y algo en España, vi Uno del grupo Los Delincuentes y me gustó más que todo lo demás. Lo pensé tal cual con estas palabras: asistir a algo distinto. Era un teatro donde los pies comían y los platos zapateaban. En la Cochera -un garaje- se traspiraba, faltaba el aire, los oídos zumbaban y circulaba mucha emoción y mucha risa. Hasta llorar o querer salir en estampida.

El arte está cerca de la vida, es un camino de búsquedas

Inaugurando el nuevo siglo, participé de la primera Bienal Iberoamericana de Dramaturgas Sor Juana Inés de La Cruz, en México. Las voces de la cubana Ana María de Agüero Prieto y de la chilena Ana Harcha Cortés me atravesaron. No se puede separar la escritura de la experiencia, ni el arte de la vida. Pero en el medio de producción cercano venía escuchando desde los ‘90 a gestores de la Cultura reclamarnos a los teatreros el no proponer formatos más populares, la comedia de living que coquetea con la sitcom y el color local, un habla “cordobesa” envuelta en un humor que deje tranquilo al más conservador de los espectadores, el drama de autor consagrado que ha funcionado en otras metrópolis. Muchas de las producciones independientes siguen estos preceptos. Voy un poco despistada, he perdido a ratos el interés. En medio de esta inflexión, el teatro es mi interlocutor fantasmal, siempre despierto y alerta.
Volviendo a la experiencia de las distancias, en 2007, en un viaje de reencuentros, asistí en el Palacio de Tokio a una muestra de la artista franco-americana Louise Bourgeois. Entonces, cuando en 2010 me invitaron a preparar una intervención de 10 minutos para un evento sobre la diversidad de la escena en Córdoba, puse como condición que sería teatro leído. Dos actrices octogenarias quisieron trabajar conmigo porque les interesó el asunto de que fuera leído. Ellas: Azucena Carmona y Sofía Waisbord. Les hablé de Louise. Había traído algunos textos y con Diego López guionamos DO/SI Rojo medium, con recortes de su vida y escritos autobiográficos. La idea era que Sofía y Azucena le contestaran a Louise. Resulta que mientras lo preparábamos Louise murió. Eran los días previos a la presentación y esa partida nos dio más fuerza. En la exposición que me llevó a conocer su obra, la artista narraba que de chica vivía sobre las márgenes del río donde su familia de tapiceros«El teatro me hace preguntas, me indica qué es lo que ya no tolero ni ver ni escuchar, me arrebata, me excluye y deja callada, me entusiasma, me recuerda que lo que no se comprende en el arte nos ayuda a vivir.» dejaba verter los desechos de tinturas que se mezclaban con la sangre de un matadero que dominaba la otra orilla. Así, esas tinturas mezcladas con sangre se volvieron un motivo para Louise, quien para entonces había descubierto que su padre engañaba a su madre con una dependiente del negocio. El asunto es que Louise hizo una figura con miga de pan que representaba a su padre e inmediatamente le amputó ambas piernas y ambos brazos con un cuchillo. Resultó ser su primera solución escultórica, según sus propias palabras. Esta anécdota nos sirvió para catalizar las historias de vida de Sofía y Azucena, la primera de familia judía tuvo 7 hijos, el primero a los 20 años, y sólo le fue permitido unirse a un grupo amateur cuando tenía 40, con sus hijos ya grandes. Sofía, hoy con 98, es una figura legendaria del teatro indie en Córdoba. Azucena, en cambio, fue maestra, se casó, rindió y entró a la Comedia Cordobesa, y recién a los 40 pudo tener a su único hijo. En el Teatro Real una sala lleva su nombre.

¿El teatro es una forma de transformar las palabras y las cosas de la realidad? ¿Una forma cargada de ideología?

Louise, Azucena y Sofía me hacen pensar: las tres con mucho humor se abrieron un camino, son y han sido longevas, lo que también me lleva a decir que hicieron de la vida un arte del vivir y del comunicar, en un hacer persistente, sin retrospectivas. Las dos actrices cordobesas hablaban de lo político como algo que las rozaba apenas pero cuando hablaban de los lugares que transitaron en el siglo XX, estaban llenas de posicionamientos. Habían tenido que ser suyas y estaba la épica de la propia vida para poder contarla. Pienso que en este trabajo también he homenajeado a mi propia abuela, Carmen Martínez Mariño, y por las mismas razones.
Haciendo un excurso, la búsqueda de esas voces que nos detienen, a veces, nos lleva a viajar, ir y venir. De 1998 a 2005 viajé entre Córdoba y Buenos Aires. Y en 2006, cuando empezaba a sentirme un poco desincronizada en esta porción de mundo, empecé a viajar a Jujuy. Allí conocí a un colectivo de teatristas que salta el eje de la preponderancia regional. Silvina Montecinos, Renata Kulemeyer son voces que todavía necesito seguir escuchando. Con los años y la práctica de un lenguaje lábil, intuyo que no hay territorio seguro al que se pueda volver. El teatro me hace preguntas, me indica qué es lo que ya no tolero ni ver ni escuchar, me arrebata, me excluye y deja callada, me entusiasma, me recuerda que lo que no se comprende en el arte nos ayuda a vivir. Como pensamiento zumbante, retomo una vieja anécdota de cuando finalicé en Córdoba una escuela de teatro naturalista con Manuel González Gil y resultó que nos visitó un gran actor muy admirado por todos. Estábamos en el Teatro Comedia y aconsejó al auditorio de actrices y actores aceptar toda propuesta de trabajo para crecer y sumar experiencia. Quise discutir la idea pero no hubo quórum. Quedé más bien como una desubicada al discutir semejante presupuesto. ¿Por qué, incluso siendo una novata o un principiante, hay que decir que sí a toda propuesta de trabajo? Podemos diferenciar cultura y arte, claro. Pero, ¿podemos separar arte y vida? Y en este raro oficio, ¿cómo hacerlo si no sentís empatía con las ideas, la poesía, los modos de producción, el equipo? Y esto también es un centro directo para la escritura. Están las experiencias de lo efímero, el sinsentido, la conmoción, y en la otra orilla la experiencia acumulativa del hacer, todo vertido y mezclado en el mismo río. Sobre esto, un colega muy querido en Córdoba, Oscar Rojo, dijo por ahí: hay “No(s)” tan fuertes como muchos “Sí”. Esos “No(s)”, en plural, definen.
La última experiencia de conmoción se la debo a mi amiga Cristina Gómez Comini, quien me invitó a escribir Vals (sabemos a qué atenernos) para el grupo Los Delincuentes, que cumplió 33 años. En Uno bailaban sobre platos de loza blanca, aquí también bailan en algo circular, como una parade de circo donde cabe representada la vida en escena y fuera de ella. Una experiencia que resume mi práctica actual donde pude restituir huellas, estados, escribir sobre ellos con ellos, y sobre mí como espectadora a lo largo de décadas. Fue mi homenaje. El teatro me llama a tomar posiciones, por eso hay referentes que lo fueron y ya no lo son, pero que dejaron huella. Y están los persistentes, sus voces -he intentado nombrar algunas, no todas-, las voces de vivos y muertos cuyas épicas íntimas, la fuerza de sus actos y de sus ideologías detienen el mundo para hablarme. Y me definen.


Soledad González nació en Córdoba, en 1970. Escribe teatro, cuentos y poesía. Practica la traducción, la docencia y la dirección. Su obra actual reúne unos veinte textos, llevados a escena en Argentina, países de la región y España, editados por INTeatro, Libros del Rojas, Argentores, Altas llantas, entre otros. Coordinó el Programa de Posgrado de Formación en Dramaturgia en la Facultad de Filosofía de la UNC (2009-10). Dirigió la colección bilingüe Teatro Europeo Contemporáneo en Eduvim (2012-15).