En el horno

Por Ignacio Sánchez Mestre
No me agarré a las piñas. No hice pogo. No jugué al rugby. No usé un arma, de verdad, nunca disparé. Sólo manipulé armas de juguete, como actor algunas veces, pero no más que eso. No envenené una rata. No le hice pis encima a mi hermano menor. No grité en la cancha. Ni siquiera fui a la cancha. No rompí una vidriera. No maté un chancho. No quemé un McDonald’s. No me desnudé en la vía pública. No tiré petardos adentro de un tacho en un baldío. No arrojé un ladrillo desde arriba de un edificio. No quemé un auto. No insulté a un cura ni a una monja. No le hice fuck you al presidente y tampoco le pegué al vecino. Pero estoy seguro de haber hecho cosas peores. Sí. Y quizás por eso me escupieron en la cara, me pegaron varias veces, me rompieron un cuaderno, me quemaron mi remera preferida, me robaron una tapita de Pepsi que tenía un premio, me pincharon un caballo inflable que servía para dar saltos en la vereda, me arruinaron un álbum lleno de figuritas y más, mucho más. ¿Por qué? Porque dije cosas horribles. Porque me pasé de la raya. Porque agredí con la palabra. Eso. La palabra siempre fue mi arma más conocida, más cercana y también la más poderosa. Desde chico usé las palabras como si fueran granadas, desaté guerras de infancia y de familias enteras usando sólo una frase que despertaba la irritación desmedida de los otros. Cenas, reuniones, cumpleaños, navidades y vacaciones se vieron afectadas por mis palabras. “A este niño le hace falta un buen sosegate”, le decía mi abuela a mi papá mientras cruzábamos la avenida para llegar a la playa en Mar del Plata. Yo me desesperaba por dentro porque a esa edad no sabía lo que esa palabra quería decir, tampoco estaba en condiciones de preguntar su significado y mi imaginación me llevaba a lugares oscuros. Sosegate era también una granada, pero desconocida y eso la hacía más peligrosa aún. El lenguaje de la infancia, pienso, es el lenguaje de la carne viva, el del impulso por el impulso mismo, el de no pensar demasiado, el de decir y listo. Casi sin lugar para la toma de decisiones, sin filtro y sin juicio. Con el tiempo creo que sigo igual, pero quizás algo de la adultez, de las experiencias, de la terapia (?), también de la astrología, la homeopatía y de todos esos artilugios hicieron que midiera mi manera de usar esas armas, mi forma de administrarlas y también de aprovecharlas. Uno se va domesticando, sí, claro, pero en las venas o en algún lugar de nuestro cuerpo sigue corriendo ese líquido venenoso de la palabra y menos mal. Sí. Menos mal.
Cuando me puse a pensar sobre este texto me trabé, me bloqueé, me juzgué, me abataté, me quedé quieto mirando la pantalla de mi computadora en blanco, muy atento a ese punto titilante del cursor que parece no tener nada que decir. El ritmo demoníaco de ese cursor que no avanza, que solo titila como una lamparita que ha empezado a fallar, que está esperando que yo tire la primera bomba. Entonces, pienso: si no tengo nada que decir, mejor no digo nada. Y cierro la pantalla de manera fuerte, seca, como si la computadora fuera un poco la culpable. Observo un segundo ese gesto, ¿apareció acaso algo violento ahí? Me da vergüenza la pregunta. No respondo y decido no pensar más al respecto. Pero el tema está en la cabeza y en la computadora. Ahora la computadora representa este texto. Pasan los días y le comento a alguien sobre esto que tengo que escribir y esa persona me dice, sin pensar demasiado, sin juicio, sin filtro y con mucha verdad, la siguiente frase: “uy, estás en el horno, justo tus obras no son para nada violentas”. Pienso un ratito en la imagen de estar adentro de un horno caliente y después me quedo reflexionando sobre mis obras un rato largo. Hago un repaso. Títulos, sinopsis, argumentos, estéticas, se me vienen algunos textos a la cabeza. Uy. No puedo arribar a ninguna conclusión por el momento. Y tampoco prometo llegar a una que valga la pena finalizando este texto. Sólo me propongo pensar y nada más. Nada más y nada menos que pensar. Sobre la dramaturgia, sobre mis obras, sobre la violencia y sobre las palabras. Las palabras. Quedo aferrado, entonces, a la idea de las palabras como lanzas, como cuchillos, como dardos, como armas poderosas y pienso en su uso en el teatro. ¿En dónde se conecta todo esto? Me abstraigo un segundo y recuerdo pensamientos que tuve las primeras veces que asistí a ver alguna obra de teatro, en San Juan, cuando tan solo era un espectador para nada contaminado de “experiencia teatral”, cuando era el espectador cero. Era lindo ser ese. Todo era bastante berreta, en el buen sentido, y todo, también, era suficiente. No hacía falta mucho para creer ni para entrar en las propuestas. Después pienso en las primeras veces que vi obras de teatro acá, en Buenos Aires. Más allá de las diferencias entre los recuerdos, que son muchas y no vienen al caso, pienso que siempre me sobrevolaba la misma idea: “paren un poco, nos meten a todos adentro de un lugar, del que no se puede salir, al menos por respeto de los que están ejecutando la obra, para que creamos, en un lapso indeterminado de tiempo, que lo que nos van a contar es cierto”. Es cierto. Si uno lo mira un poco desde afuera es un poco violento el ritual. Porque del cine siempre es más fácil, es un escape socialmente más aceptado. Por lo menos yo no acostumbro a irme del teatro antes de que termine, antes de los aplausos. Sólo en una ciudad europea, en un festival, pero era una de esas obras experimentales, que mezclaba danza con otras disciplinas, que duraba seis horas y que era casi una instalación.

 

Supongo que estaba permitido salir y si no, nadie me conocía. Pero volvamos al ritual del teatro. Uno acepta, uno se mete porque las reglas del juego son claras. Desde el momento en el que uno tiene la entrada en la mano, uno sabe a qué se está sometiendo y decide hacerlo. Decidimos, entonces, superar todas las barreras de la claustrofobia y de la incomodidad de tener a un desconocido pegado al lado y nos entregamos sin peros a una especie de masoquismo. De repente (y en el mejor de los casos) uno está ahí, ya traspasó las barreras necesarias y está entregado a esa ficción con una convicción y una fe que ojalá tuviéramos en todos los órdenes de la vida. Porque ahí, en esos minutos que flotan en ese lugar misterioso que es una sala de teatro no hay moral, no hay ataduras, no hay limitaciones. Puede haber violencia verbal, física, puede aparecer el desprecio, puede venir la ola que tenga que venir, pero hay una tranquilidad que también flota, porque todos sabemos que es un juego. Todos sabemos que ahí pasa de todo, pero en realidad respiramos con alivio porque no pasa nada. Nadie sufre en serio, nadie llora en serio, nadie se suicida en serio, nada es real. Pasa de todo y no pasa nada. Todos juegan. Sin embargo, por esas extrañas razones inexplicables, uno sale a la calle conmovido y modificado por eso que vio (en el mejor de los casos, otra vez) y por eso que sintió. Porque por un segundo la posibilidad de lo CIERTO y de LO REAL es la adrenalina pura que sólo el teatro puede generar.
Entonces, pienso, «paren un poco», otra vez. No le hagamos tanta mala prensa a la violencia. Si al final todos los seres humanos manejamos un grado de violencia irrisoria. Pensemos en esos momentos en la vida cotidiana donde nos imaginamos haciendo algo tremendamente violento, algo políticamente incorrecto. Muchas veces me asusto de mí mismo y me pregunto “¿qué hago pensando esto si yo no soy así?” Y resulta, que sí, que soy así. Que uno tiene esa porquería adentro, uno es un ser repleto de miseria y de contradicciones muy difíciles de explicar. A mi me alivia pensar en esos términos porque me siento menos miserable aceptándolo. Pienso también en cuando conozco a alguien. La sospecha que me da verle sólo el lado bueno. Me da mucha tranquilidad cuando veo la parte oscura de esa persona, cuando veo que tiene una vía de escape, una válvula, algo. Entonces pienso en la violencia como lugar de identificación. A veces alguien se anima a decir una barbaridad y yo respiro, siento que no soy el único, y nos reímos y conversamos y somos humanos. Lo mismo me pasa cuando escribo personajes.


¿Podríamos afirmar que la violencia puesta al servicio de la palabra puede ser entonces un acto de belleza? Creo que sí. La poesía que se imprime (siempre, reitero, en el mejor de los casos) en el que mira, en el que escucha y también en quien la dice, es de los actos más emocionantes que existe. Bueno, por lo menos para mí.
Resulta que David Lynch hace esas películas que te quitan el sueño durante días, que te dejan aterrado en un viaje en bondi volviendo del cine a tu casa, mirando todo, con paranoia, viendo en cada  mínimo gesto de los pasajeros un mundo de terror. Yo vomité viendo Twin Peaks, porque algo de todo eso que vi me generó un malestar en el cuerpo y parece que mis emociones y mi estómago están más que relacionados. Después puse como regla dejar la luz encendida del cuarto para ver esa serie porque qué se yo, la cabeza también pide cosas. Y resulta que David Lynch medita, que pasa jornadas enteras respirando, tratando de no pensar en nada y buscando la paz interior. Y pienso, bueno, está bien, mejor que medite y busque la paz interior de esa manera, porque si no estaría loco, porque para sacar su lado b es suficiente con su arte.
Recuerdo un cuento increíble de Raymond Carver, ese que se llama “Parece una tontería”. Para los que no lo leyeron, lo reseño brevemente: un niño sufre un accidente de tránsito pocos días antes de su cumpleaños. Y el pastelero encargado de prepararle la torta, ajeno a la tragedia, insiste en llamar y reclamar por teléfono a sus padres, porque puede que no haya ni niño ni cumpleaños, pero sigue habiendo torta. Es de los relatos más violentos, más miserables y más perturbadores que leí en mi vida. Y sin embargo uno de los más bellos que alguien puede haber escrito jamás. Porque la violencia cuando está puesta al servicio de la palabra y al servicio de la construcción de un universo es magia, es poesía.
En estos días estoy escribiendo mi quinta obra, una que voy a estrenar el año que viene, una que se va a llamar Para partir  y es sobre un suicidio. O por lo menos inicia con esa información. Se suicidó el padre de una familia o de lo que queda de una familia. No es violenta, pienso, si mis obras, ya lo dijo aquella persona que mencioné al principio de mi texto, “no son violentas”. Y la reviso, reviso todo lo que escribí hasta hoy que está casi terminada. Por lo menos la primera versión, después ya sabemos lo que pasa con el teatro cuando los actores se hacen cargo de manera rotunda de tus textos. Entonces la releo, sin pensar en la violencia. Sin embargo empiezo a ver violencia, quizás porque tengo ahora esos anteojos puestos, pienso. Sí, sí, debe ser eso. Hubiera preferido que se mate mamá, dice un personaje. Me hace mal vivir con vos, dice otro. Y el suicidio está en el aire, flotando y haciendo respirar a los personajes. Pienso en el suicidio como acto de violencia. La violencia de no entender las decisiones de quienes nos acompañan, la violencia de querer entenderlo todo, la violencia de la tristeza. Hace poco una amiga perdió a su amigo en estas condiciones, y me dijo: “cuando fui a la casa nada era tan terrible, lo había preparado todo para morir de una manera bella”.  «Pienso que la violencia en la dramaturgia es un acto de supervivencia. Y creo que el arte todo entero lo es. Es la cama elástica que nos deja saltar muy alto, nos da la ilusión del equilibrista, del peligro, del miedo de caer en esa pirueta, pero sabemos que abajo está para sostener la caída.»Pienso que eso es un oxímoron, nadie muere de manera bella, porque la muerte es de por sí el espanto, no jodamos. Bueno, quizás no, resulta que puede no serlo. El espanto es para los que se quedan, de eso se trata mi obra. Como se deglute esa información entre los que buscan explicaciones a un acto tan contundente, sin vuelta atrás. Y la violencia, todo el tiempo la violencia. Entonces descubro quizás de manera abrupta mientras me «auto-leo» (si se me permite el uso de un término tan raro) que menos mal que escribo, que menos mal que puedo poner a esos personajes diciendo esas atrocidades que son tan inmensas que hasta pueden hacer reír. Pienso también que menos mal que hago teatro, que menos mal que puedo estar en ese lugar sin límite, para poner mi miseria, mi violencia y mi manera de ser (a veces irritante, sí). Pienso que la violencia en la dramaturgia es un acto de supervivencia. Y creo que el arte todo entero lo es. Es la cama elástica que nos deja saltar muy alto, nos da la ilusión del equilibrista, del peligro, del miedo de caer en esa pirueta, pero sabemos que abajo está para sostener la caída. Menos mal que escribo, uf que alivio siento casi terminando este texto.
Porque nosotros podemos hablar de la violencia en el teatro, en la dramaturgia, podemos hacernos cargo de que ese término, V I O L E N C I A (Nombre femenino, uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo), puede ser incluso un acto de arrojo y hasta tener cierto vuelo. Pero pienso y creo que tanto yo, como seguramente todos los que estén leyendo esto ahora, no experimentamos nunca la verdadera violencia. Hablo de la violencia de no tener para comer, la violencia de no tener dónde dormir, la verdadera atrocidad, la violencia de la política, esa que pega patadas, que castiga, que margina, que enferma, que daña, que mata. De esa, de la verdadera violencia, perdón, pero no me siento capaz ni de reflexionar. Sólo se me ocurre que la situación es como para agarrarse a las piñas, hacer pogo, usar armas, gritar, romper vidrieras, quemar los McDonald’s, desnudarse en la vía pública y hacerle fuck you al presidente.


Ignacio Sánchez Mestre nació en San Juan, Argentina, en 1982. Es actor, dramaturgo y director de teatro. Se formó con Nora Moseinco en actuación y con Ariel Farace en dramaturgia. Actuó en obras de Laura Kalauz, Ariel Farace y Pablo Sigal. Como autor y director estrenó las obras demo (2012), Lunes Abierto (2014), Despierto (2016) y La savia ( Teatro Nacional Cervantes, 2017). Realizó residencias artísticas en la Sala Beckett (Barcelona) y en el Kunstenfestivaldesarts (Bruselas). Sus obras demo y Lunes Abierto fueron publicadas por Libros_Drama. En marzo de 2019 estrenará Para partir en el Teatro Sarmiento del CTBA.