Dramaturgia y violencia

Por Griselda Gambaro

I.

E n principio, diría que cuando el espectador/a se siente agredido/a por la violencia de una obra es a causa del “efecto”, de que la sufra como “cosa innecesaria”, gratuita en el texto o en la visibilidad escénica. Cuando se le revela fundamentada por las pasiones implacables de los personajes como en Shakespeare, o por los conflictos de justicia como en Ibsen o Brecht, esa violencia agrega a la aparente arbitrariedad de su carácter suficiente justificativo y se transforma en metafísica de la vida, en el motor de existir.

Todos sabemos lo que es la violencia porque por más benévola que sea nuestra situación en el mundo de las experiencias personales y colectivas, siempre nos tocará de algún modo. El diccionario la define con múltiples acepciones, pero la que nuestra más noble y humanitaria idiosincrasia se inclina a reconocer con la intención de oponernos a su arbitrariedad, es aquella definición que la presenta como lo “que se ejecuta contra el modo natural o fuera de razón y justicia. V. movimiento, muerte”. Quizás sea esta “V”, este “Ver” lo que nos llevar a entroncar la violencia con la escena y los textos dramáticos. El movimiento, es decir, la acción tanto interna como externa -en la vida inseparable- es, junto a la muerte, su gran motor. Y el gran motor del teatro. Por más que la aborrezcamos, su aparición en escena o en el texto es ineludible, siempre efectiva cuando no es copia sino metáfora; aunque parezca un oxímoron, cuando lo hace armoniosamente salvaje, y desnuda su sentido sobre la condición humana. No solo esto. El teatro, por medio de su estética, a través de miles de tramas e imágenes, es capaz de mirar a su alrededor, y mostrar la degradación que impone en el mundo y particularmente en la Argentina, un sistema corrupto y miserable de dominio del que hasta la violencia misma se siente avergonzada.

 

II. 

No sé si me ocupé mucho de la violencia en mis obras. Si escribí sobre la violencia,  de la violencia, con multitud de personajes violentos. Sospecho que sí, en El campo, La malasangre, La persistencia…. Sin proponérmelo ni ser enteramente consciente en el momento de la escritura (porque no me interesaba a priori relatar una situación violenta -o tierna o conmovedora- sino una “situación”, a secas); si la obra iba hacia la violencia era porque principio y final -es decir, la trama, la historia- la llevaban. Principio, fin, transcurso, eran marcados, decididos por “el afuera”; diría que los conflictos privados de los personajes«¿Cómo, con tantas imágenes a nuestro alrededor, no vamos a ocuparnos de la violencia: escribir,  actuar, pintar, fotografiar, testimoniar sobre la violencia? Aunque parezca una contradicción, ella misma nos lo exige, y exige sobre todo el escenario.» (aunque los haya usado), conflictos violentos o no, de amor o de odio, de lealtades conyugales o traiciones, me parecían poca cosa ante las catástrofes colectivas, perpetuamente impuestas por el poder.

Así, ignoro cuántas situaciones de violencia privada haya experimentado en mi vida, útiles después para la imaginación dramática; la mayoría concernía “al mundo”, por más lejano que el mundo estuviera y por más que fueran los medios los que con mayor frecuencia me acercaran los datos: el Holocausto, la 2ª Guerra Mundial y las sucesivas guerras; en el país que nos toca, la dictadura sangrienta del ‘76, las democracias imperfectas y luego, hoy, el manantial de sangre (de hambre) que no cesa. ¿Cómo, con tantas imágenes a nuestro alrededor, no vamos a ocuparnos de la violencia: escribir,  actuar, pintar, fotografiar, testimoniar sobre la violencia? Aunque parezca una contradicción, ella misma nos lo exige, y exige sobre todo el escenario. Pero es especialmente en el escenario en el que no quiere presentarse como la fuerzan a ser, sin dignidad, sin otro pensamiento que el de dominio, muerte, ganancia. Pide “el pensamiento noble”, el pensamiento de Brecht, de Strelher en “Julio César”, por ejemplo: guerreros luchando en círculos de luz, apagados y encendidos alternativamente como extraordinarios momentos de lucha.

Así, en el teatro, la violencia no mata, se engrandece, ausente la crueldad y la tontería que la maneja en nombre de la seguridad en nuestra vida civil, piensa e induce a pensar, e incluso permite o debe permitir la poesía.


Griselda Gambaro es novelista y dramaturga. Nació en Buenos Aires en 1928. Comenzó a escribir tempranamente, dedicándose en principio a la narrativa, género que alternó después con la dramaturgia. Desempeñó distintos trabajos hasta que la obtención de premios y la percepción de sus derechos de autor le permitieron, hacia 1982, vivir de su tarea específica. Durante la dictadura militar argentina, un decreto del general Videla prohibió su novela Ganarse la muerte por encontrarla contraria a la institución familiar y al orden social. Debido a esto y a la situación imperante, se exilió en Barcelona, España. Actualmente reside en un barrio suburbano de la provincia de Buenos Aires. Entre sus obras se encuentran: Real envido, La malasangre, Del sol naciente, Dar la vuelta, Información para extranjeros, Puesta en claro, Sucede lo que pasa, Viaje de invierno, Nosferatu, Cuatro ejercicios para actrices, Acuerdo para cambiar de casa, Sólo un aspecto, La gracia, El miedo, El nombre, El viaje a Bahía Blanca, El despojamiento, Decir sí, Antígona furiosa, Las paredes, El desatino, Los siameses, El campo, Nada que ver, Efectos personales, Desafiar al destino, Morgan, Penas sin importancia, Atando cabos, La casa sin sosiego, Es necesario entender un poco, Viejo matrimonio, Una felicidad con menos pena, Nada que ver, Cada cosa en su lugar, De profesión maternal. En narrativa publicó: Madrigal en ciudad (Ed. Goyanarte, 1963-Premio Fondo Nacional de las Artes) El Desatino (Emecé Editores, 1965-Premio Emecé) Una felicidad con menos pena (Ed. Sudamericana, 1967- Mención especial en el concurso de novela Primera Plana- Sudamericana) Nada que ver con otra historia (Ediciones Noé, 1972) y Ganarse la muerte (Ed. De la Flor, 1976). En el Teatro San Martín, Griselda Gambaro estrenó muchas de sus obras: Nada que ver (1972), Puesta en claro (1986), Antígona furiosa (1988), Morgan (1989), Penas sin importancia (1990), La casa sin sosiego (1992), Es necesario entender un poco (1995) y Dar la vuelta (1999). Entre sus últimas obras estrenadas figuran La señora Macbeth y Lo que va dictando el sueño (2002, Sala Casacuberta).