Tierra adentro

Por Giuliana Kiersz
Pienso en la dramaturgia como pienso en un mapa. Un mapa político y físico creado a partir de paisajes, movimientos y accidentes. Un mapa de obras y un mapa de personas. Un mapa de espacios y un mapa de acciones. Un mapa de relaciones. Un mapa de financiamientos. Un mapa de discusiones. Un mapa imposible de leer, hecho de muchos otros mapas que se cruzan y se niegan. Un mapa que intenta contar un territorio pero sobre todo evidencia un campo de batalla.

Hay días en los que pienso en esas batallas, en los espacios, en las formas de producción, en los sistemas de legitimación, en la circulación de los textos, en las discusiones que no se ven y en las que sí, en la depresión y en las ganas, y puedo afirmar que hacemos algo, que escribimos y eso es algo, tiene que ver con una acción. Un acto presente que consiste principalmente en estar y negociar con un mercado, intentar olvidar, intentar no olvidar, volver al mundo, intentar escribir. Una resistencia privilegiada que tiene tiempo y espacio y dinero (por ahora) para pensar y producir. Para ir al congreso nacional y después ir al teatro. Para correr y después sentarse a comer. Y hay días como estos días. Días en los que no pienso en los mapas sino en lo que sucede cerca y fuera de las fronteras que construimos. Entonces pienso en el adentro, pero sobre todo pienso y creo en el afuera, en ese afuera inalcanzable y en las batallas que suceden en esa tierra que aunque intentamos, no logramos contar.

Hay una tierra que no conocemos. Hay una tierra que no es nuestra. Hay una tierra que no nos pertenece y nunca nos va a pertenecer. Aunque creamos y queramos y hagamos y digamos que sí. Hay una tierra para quienes no se pasan la vida en una sala viéndose las caras, para quienes no dedican su tiempo a pensar, para quienes no dedican su tiempo a leer lo que otrxs pensaron. Hay una tierra que se nos escapó hace muchos, muchos, muchos años, hace muchos, muchos, muchos versos. Cuando quisimos hablar de eso que pasaba por fuera de nuestras vidas y por fuera de nuestras casas. Cuando quisimos hablar de quienes no éramos. Cuando quisimos usar voces que no fueran nuestras para decir cosas que sí lo eran. Cuando quisimos ocupar espacios que poco tienen que ver con quienes somos. Cuando quisimos conquistar. Cuando quisimos decir. Cuando quisimos ir tierra adentro.

Porque acá estamos y esta es nuestra tierra. Esta tierra centro donde caminamos de noche y bailamos y besamos y los colectivos pasan a todas horas y las pizzerías también y podemos ir por la calle hablando de lo que vimos la semana pasada y ésta también y pensar en formas de destrucción y de construcción que poco tienen que ver con soltar privilegios. Y abrazarnos igual, porque hay noches que todo es horrible, y caminar con miedo a veces pero ir hacia dónde queremos ir, porque vamos hacia dónde queremos ir.

Entonces pienso que es más fácil volverse el enemigo, está más cerca. También hay deseos y relatos de conquista, formas que intentan aprehender las cosas que se nos escapan. Hay formas jerárquicas para ordenar lo que estamos pensando y escribiendo y así una cosa va después de otra y el orden hace lo que tiene que hacer y lo que no ingresa en ese orden se tira a la basura. Porque lo que no nos sirve lo tiramos a la basura. Hay estructuras para ver y estar. Configuraciones espaciales para que podamos entender qué tenemos que hacer, a dónde tenemos que ir y cuándo tenemos que aplaudir. Formas narrativas para construir quienes somos, qué queremos y qué cosas nos preocupan. No es tan fácil poner una bomba. Entonces buscamos hacer implosionar aquellas formas con las que trabajamos. Intentamos generar agujeros negros. Tal vez hacerlas chocarlas entre sí y esperar que ciertos elementos se crucen, otros se nieguen, muchos se destruyan y todo ese polvo descienda para ver qué queda, si es que queda algo y si es que se puede escribir con restos de lo que fuimos.

Buscamos palabras para acercar esa tierra un poco más, una vez más. Pero las palabras hacen otra cosa y cada vez que decimos y nombramos, el desierto crece y la tierra se aleja. Y si intentamos contarla usamos la tierra para otras cosas y todo lo que ya sabemos. No vamos a llegar escribiendo.

Y aunque todo está cada vez más difícil: el estado, los padres, el cuerpo, las deudas, el dólar, el gas en invierno, la luz en verano, los cursos a los que nadie va, las ferias en las que nadie compra, los teatros que cierran, los centros culturales que cierran, los discursos presidenciales, los fondos que no dan fondos, las leyes que sólo aplican a una pequeña porción, las leyes que no existen, los privilegios que se niegan, nuestros cuerpos, igual intentamos deconstruir oraciones, gramática, adjetivos, verbos más verbos (entra, sale, muere) Llenamos formularios, decimos por qué esto es importante, decimos por qué esto va a hacer algo importante, contamos proyectos que no existen, falsificamos objetivos, creamos una idea de importancia, una idea de consecuencia, una idea de deseo. También. Después. Inventamos seudónimos. Intentamos una forma de decir. Inventamos una forma de nombrar. Olvidamos las instituciones. Todo a la basura. Palabras y obras a la basura. Personas y libros a la basura. Amamos y después tiramos. Todo lo que leemos, todo lo que escribimos. Hacemos fuego y con las cenizas que quedan respondemos por qué esto es una obra. Respondemos por qué no. ¿Por qué les importa tanto? Pienso. ¿Por qué?

En algún momento se formó una idea de lo que es cierta cosa y por qué es así y no de otra manera. Hay un acá y un allá. Y acá no es allá. Y allá no es acá. Entonces hay lados y no importa la historia porque los lados son la historia. «Buscamos palabras para acercar esa tierra un poco más, una vez más. Pero las palabras hacen otra cosa y cada vez que decimos y nombramos, el desierto crece y la tierra se aleja.»En algún momento se formó una idea sobre las cosas que son acá y las que son allá. Todo mapa es una ideología. Y en las fronteras hay quienes dicen sí y quienes dicen no. Hay quienes dicen qué es y no es algo, qué debería ser y cómo se debería nombrar, qué hay de este lado y qué hay del otro lado. Y están quienes engañan y están quienes se dejan engañar y están quienes no saben qué hacer y callan. Y están los de siempre y están lxs que llegan para preguntar y preguntarse sobre los lados y la historia y a esxs les decimos gracias.

No me importa si un texto se ve o se lee. Quiero a veces que se vea y a veces que se lea. No creo en la dramaturgia como una potencial escena escénica, creo en la escena escénica como una fuente de información que podría ordenarse en forma de palabras y convertirse en literatura dramática. Así pienso un texto inscripto en una historia, pero sobre todo como una predisposición para que cerca de los límites aparezca otra cosa.

Entonces pienso que tal vez esa línea que hay en el medio de los lados y mide mucho menos que cualquier otra cosa que existe, tal vez esa línea sea el único lugar posible para habitar. Habitar la frontera y habitar la tierra, los espacios, los vacíos, los textos escritos, los textos leídos. Y con todo intentar construir.

Intentar llegar, intentar llegar, intentar llegar, aunque no, aunque nunca, siempre intentar llegar.

Y salimos a las calles porque adentro ya no hay nada. Salimos a las calles. Para ver. Para vernos. Para encontrarnos entre el cielo y el ruido. Porque este texto sí fue escrito para leerse.

A mí personalmente me gusta la tierra que es de nadie. Me gusta la idea que la tierra sea de nadie. Tierra de nadie y tierra de quienes no tienen tierra, de quienes cruzan límites y fronteras y no intentan llamarse de ninguna forma. Me gusta la idea de habitar esa tierra. De intentar habitarla sin conquistarla. De intentar nombrarla sin negarla. Y siempre soñé con ir tierra adentro. Un sueño de quien nunca fue, de quien siempre tuvo, de quien no entiende como en realidad las cosas son o solo conoce una parte, la parte más romántica, de las estrofas.


Giuliana Kiersz se formó como dramaturga en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático; realizó residencias artísticas en el Instituto Nacional de Artes Escénicas de Uruguay; el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta; la Casa de Cultura de la Universidad Autónoma del Estado de México en Tlalpan donde escribió y presentó Líneas de fuga; y dentro del Programa de Talleres de Dramaturgia en Latinoamérica del Royal Court Theatre donde escribió Underdogs / los débiles. Su obra El fin obtuvo el X Premio Germán Rozenmacher; Isabel I, el tercer premio en el XV Concurso Nacional de Dramaturgia; y “B”, una mención en el IX Premio Germán Rozenmacher. Tiene sus obras publicadas por Libros Drama, Editorial INTeatro, Libros del Rojas y Rara Avis Editorial.