Soy el peor público

Por Fabián Díaz
La invitación a escribir en esta revista estaba acompañada de una serie de ejes sobre los que el número se proponía reflexionar. Entre ellos, la problemática del público -que se me antoja insoslayable y a su vez marañosa-, fue la que me atrajo: quizás porque uno es público habitualmente, quizás porque vamos atados al él como Aquiles a su talón…quizás porque todo se reduce a una única pregunta: ¿vendrá alguien?

A partir de ahí, como atravesando el Impenetrable Chaqueño, fui armando los siguientes dos textos, tan heterogéneos, como el problema del público.

1 | Sobre la voluntad fronteriza de traficar algunas reflexiones de la intimidad solitaria a esa otra intimidad que puede ser compartida

Como dramaturgo, pensar en el público me genera un extravío contundente. Es decir que si comienzo a escribir pensando en el público, no sabría decir para quién escribo, y mucho menos qué escribo. No pienso en el público como un ente específico ahí afuera. Sino en el público como una extensión imposible que mi escritura, claro, no logra abarcar. Si algo intento cuando escribo es escaparme del público, lo cual además de resultar contradictorio pareciera dotar de banalidad a la tarea de escribir. Pero se me ocurre que podemos darle cierta vuelta a la cuestión y caminar un poco más, estacionar en un paraje sin tanto ruido de la ciudad, mirar con un lente menos sabelotodo la cuestión, y ver si despejar la X que representa al público resulta algo no tan vertical.

En principio, no escribo para el público que veo en las salas de teatro habitualmente. Público que yo también conformo y que de verdad no entiendo qué es. En mi escritura, el público, como un horizonte difuso, no tiene presencia, aunque está siempre allá: en el infinito. Deseado/indeseado.

“Los animales humanos son animales distantes que se comunican a través de la selva de los signos”, dice Rancière. Siento, por momentos, que escribir tiene algún parentesco con la mudez: miles de pensamientos en el bocho, unos pocos sonidos afuera. Que en la selva de los signos, no sé usar ninguno. Y a su vez, cuando logro escribir algo, me viene una voz muy vieja, casi irreconocible. Como si no fuese mía, y dudo, siempre, que haya alguien que quiera escuchar esas palabras que de original no tienen nada, que seguro se escribieron mil veces y que repiten un drama mil veces representado. Y me pregunto, además, por qué alguien las querría escuchar. Me pasa un poco, siendo irónico, lo que a Quignard en el Odio a la música: mientras ama la música, la odia. Y lo peor, no puede cerrar los oídos para dejar de escuchar porque -a diferencia de los ojos-, los oídos no tienen párpados. La dramaturgia, en su intención de proyectarse en el espacio a través de los cuerpos, posee cierto carácter insoportable: quiere ser oída, ser dicha a toda costa. ¿Pero a quién le habla la dramaturgia? ¿Por qué los dramaturgos creemos que hay un público ahí interesado en lo que hacemos? Si lo que hacemos, en definitiva,  solo sirve para divertirnos un rato. Somos como DJs, con los auriculares, mirando las bandejas, acechados por un público que quiere bailar, y asustados por que nadie se vaya de la fiesta.

Me tocó escribir una obra en la que el texto debía ser original, contemporáneo y que golpeara fuerte. El pedido era una provocación y obraba como un condicionamiento: ¿quién sería el destinatario, el público, de una obra “original”, “contemporánea”, “que golpeara fuerte”? Fue un pedido extremo en cierto punto, y que ponía en crisis la presunción de escribir, porque la originalidad es un problema con cierto polvo acumulado y del que suele encargarse la crítica. Y también ponía en crisis la escritura porque lo contemporáneo tiene una relevancia ambigua: ¿contemporáneo de qué, frente a qué? Y, finalmente, en el pedido de un texto que golpee fuerte, que golpee fuerte en el teatro, algo se volvía tenso, casi imposible, porque estamos en un contexto en el que las calles te parten el lomo, y donde la política se morfa la ficción recargada con muzza. Sin embargo, la impronta del pedido ponía la tarea de escribir de cara al público: había que escribir, y la escritura debía descubrir además qué urgencias estaban atravesando el contexto y le hablaban a ese sujeto contemporáneo. La pregunta implícita, de fondo, aparecía con fuerza: ¿la escritura configura al público o el público a esta?

A pesar de configurárseme el público de una manera un tanto extraña, algo imagino con frecuencia de él, y la imagen que suelo tener es así: un hombre o una mujer, o un/a niño/a solo/a en la inmensidad del monte, del mar, del desierto, o de la ciudad. Ese único público que a veces se me aparece, pienso, está necesitado de palabras, de sensaciones, de una emoción específica, de alguna libertad, o de un color, o de una caricia. Y ese público que imagino, mal que me pese, solo en la inmensidad, soy yo mismo.«La dramaturgia, en su intención de proyectarse en el espacio a través de los cuerpos, posee cierto carácter insoportable: quiere ser oída, ser dicha a toda costa. ¿Pero a quién le habla la dramaturgia? ¿Por qué los dramaturgos creemos que hay un público ahí interesado en lo que hacemos?» Tal vez por eso, cuando me toca ser público, soy el peor público, e igual que Quignard, odio el teatro, odio los textos, odio a los actores y a las actrices, odio las luces, la música. Odio todo eso que me hace aparecer abandonado en la selva de los signos, todo eso que me deschava, que me evidencia y acecha. Que no me devuelve libertad, o que me la escupe en la cara. Ser público no es una experiencia solitaria, es todo aquello que se le opone: ser público es una experiencia de la intimidad compartida y en la experiencia de estar inmerso en el público uno es representado en toda su fragilidad, en todas sus bajezas, es confrontado con su propio odio y amor.  Pienso en Franny y Zooey: ¿qué tipo de público es cada uno de ellos? Cuando en la inmensidad de esa selva de pronto me acaricia una obra, me tiñe de un color nuevo, me siento febrilmente débil como Franny y lloro un montón en la butaca. Odiar es para los flojitos. La gente fuerte ama, ama un montón.

Pienso a veces que  caigo en un vicio: no imaginar al público. No visualizar poéticamente eso que llamamos público -no me refiero a la línea de butacas con cabezas que miran en la oscuridad-. ¿Cómo sería abrir una brecha perceptiva en el público y mover a ese sujeto que compra una entrada, y al cual debemos entretener, hacia una zona -política acaso- donde re-diseñar las potencias del cuerpo y del espacio sea una posibilidad? Donde no se le fagocite la inmediatez de su yo, donde sea confrontado con una opacidad.

Y pienso a veces que mi dramaturgia corre otro riesgo: imaginarse al autor como el único público posible -y el más necesario- para su existencia. Es una necedad, claro, pero la escritura insiste en que el autor, su mirada, su singularidad, su originalidad, son necesarias. Y el mercado también insiste en ello: singular-original. El mercado de la dramaturgia también existe y se bifurca y muta, y se metaboliza con una lógica de circulación completamente sacudida por el dinero.

Como una escritura en la arena húmeda de la playa, pienso que hay que escribir para desaparecer. Estar dispuesto a tallar en la arena unas palabras que, tal vez, sean descubiertas a tiempo por algún caminante atento y, un segundo después, devoradas por el mar. Y pienso, finalmente, que nuestra dramaturgia corre el riesgo de no poder salir de un tercer vicio: ser pijuda, erecta, semental. Vicio que es el reflejo contemporáneo de un público también pijudo, erecto, semental. ¿Qué se puede escribir desde el teatro para configurar otro público? Veremos.

Releo con frecuencia un libro con la obra completa de Juan L. Ortiz. Su poesía se me presenta con un tenor dramático rotundo. Como una dramaturgia que yo me invento con su poesía, capaz de presentarle a la actuación y a la escena tensiones complejas. Me produce un vacío poderoso y me encantaría escribir de modo tal que el río, las hojas, la luz, el viento tomen el espacio e inunden el cuerpo.

2 | Soy el peor público

Lo que sigue fue escrito a partir de una encuesta azarosa en redes, grupos de WhatsApp, amigxs, charlas. La consigna fue:  “El público es como…”

El público
es
La sorpresita del Huevo Kinder
Es una sustancia
un volumen que ocupa el espacio
que se desparrama
Una efervescencia
que se aglutina
forma/deforma
Un comportamiento
Un uso determinado de…
El público es una vieja usanza
Un más allá
Una agujero negro
Un movimiento
Un monstruo
Como una frontera
Una muralla
Como la nieve
Los caminantes blancos
que marcan, pacientes, el fin
el jardín de una casa
regada
florecida
abandonadaComo tu padre
O como el mío
Un padre
que habrá que matar

Como los lácteos
Partículas íntimas

Es una maldición:
un mal de ojos
¿Un gualicho que vas a cargar?

¿El público es como Fausto?
Como el de Goethe
O el de Marlowe
¿El público es como El Público de
Lorca?

Es un vampiro.
Sediento, naufragando la noche

Repito:
es
La sorpresita del Huevo Kinder

Es el océano pacífico, con sus islas, sus tiburones, su basura, sus barcos
hundidos, sus redes, sus pozos.

Como Dios
Es como Dios: El público no tiene
espalda.Es un pulpo
cubierto de ojos
y tentáculos
Un club
Un plato exótico
Un mal trago
Un pasatiempo

Es una librería
repleta de novelas larguísimas

El agua que haz de beber

Como Tinder
Caliente
Frío
Un paisaje en ruinas
Una crisis

El público es una tía borracha que se
queda en el casamiento
Tu mejor tía

Sus surfistas mar adentro…

Es
un corazón que incendia la ciudad
un corazón que brilla en la ruta
un corazón prendido fuego en el monte

Es como todas las novelas que no voy a
leer nunca
No voy a llegar a leer nunca
Es esa extensión imposible de abarcar

Un deseo

¿Es eso que se levanta y se va?
O es eso que se queda, se queda, a pesar
de todo se queda y resiste ahí, aferrado a
su músculo óptico…

¿Prefiere la pornografía?

¿Tiene un librito de quejas al final del pasillo?

El público
Es un/a amante

                                                                    el    a m o r    d e t u   v i d a

¿El público es algo afuera?
En la intemperie
¿Resiste el fuego?
¿Es algo posible?
¿Se puede censar?
Es como la luz mala
Un viajero de transporte público en
diferentes horarios
mira
escucha
hace preguntas
seduce
engaña
  hace ojitos
escupe
atropella
invade
miente
saluda
come
paga
aplaude
ríe
¿El público es como la crisis que vivimos?
Crisis óptica
del afecto
de la energía
del clima
del genero
del lenguaje
de la materiaEs una enfermedad crónica: da miedo,
pero vivís con ella¿Dónde está el público?
Es un mago
Un médicoEl público es la disidencia:
Lo roto
agrietado
agrio
La efervescencia

Es la figurita difícil

La resistencia:
¿Qué resiste?
¿De dónde viene?
¿Y cómo es el baño que usa el público?

¿Lo PÚBLICO piensa, igual que esta
lista, en el público?
¿Qué piensa?
¿Y dónde dice lo que piensa?
¿Y qué consecuencias tiene lo que
piensa?

La inmobiliaria
Un boxeador
Un místico
Un comerciante
Como un parque de diversiones
Una degustación de cerveza artesanal
Como una visita al analista
Un adolescente¿El público es el efecto del roce entre
cualquiera de los componentes de esta
lista?Cuando yo sea público quiero ser así: (a
responder por el público)

Cuando escribo soy público?
Cuando dirijo?
Cuando actúo?
Cuando leo?

¿Se puede escrachar al público?
Llenarlo de baldes de pintura
Disparar, como Dylan en el 65, con
guitarras eléctricas contra él.

El público es
Pop-korn
Rock-star
Folk-lore
Es un mal-ambo

Es L A C U M B I A, nena

¿El público es la metástasis.
se propagará / apagará?
o
¿Desaparecerá alguna vez
a fuerza de químicos
de rayos?

-La dramaturgia es un pez ciego, pienso.
Transita el mar del público y no ve, pienso.
¿Para qué escribo? ¿Para quién?
Para arrojar palabras al mar, que serán atravesadas por arpones chinos y devoradas.
Qué tristeza:
los textos dramáticos son peces ciegos, devorados por ballenas, que son descuartizadas en un barco…

¿El público pasa frío?
¿Pasa hambre?
¿Está a la moda?
¿Qué viste?
¿Vos qué viste anoche?
¿Alguna vez dejará de asistir al teatro?
¿Lo hará?
¿Cometerá esa acción irreversible y                 dirá: “no iremos más al Teatro”?
y entonces ¿Qué vamos a hacer?

-Yo crecí como público de circo,
era lo único que llegaba a Villa Ángela, Chaco,
entre 1983 y 1993.
Cuando apareció el grunge en MTV
fui fiel a su influencia.
Luego, en el `94, Cobain se voló la cabeza,
y la infancia desapareció del mundo para siempre.
¿Qué cosas me hicieron el público que soy?
Si pudiera desandarlas…
Yo soy el peor público.

Podemos hacer crecer este texto con más respuestas a:  fabian.diaz@hotmail.com.


Fabián Díaz nació en 1983 en la Ciudad de Villa Ángela, Chaco. Es actor, director, dramaturgo y docente. Se formó en la Licenciatura en Actuación de la UNA, donde cursó luego un Master en Dramaturgia. Ha recibido diversos premios y nominaciones por Los hombres vuelven al monte, Dios está en la casa, El corredor, Pato verde y Rohayhú. En diferentes años ganó el Premio Nacional de Dramaturgia del INT. Integra el área de Publicaciones del Teatro Nacional Argentino. Formó parte de la residencia internacional Panorama Sur, y fue elegido para realizar el taller de dramaturgia de la Royal Court Theatre, de Londres. Integra el elenco de la obra de danza Categoría Mosquitos. Dirige actualmente Los días de la fragilidad, Perla Guaraní y Los hombres vuelven al monte.