Presente, tierra, cuerpo y rito afinador: el futuro de lo escénico

Por Mauricio Kartun

Los siguientes textos de Mauricio Kartun responden a la invitación que le fue hecha por La Llave Universal para pensar sobre ciertas zonas laterales que resultan condición ineludible de la producción dramatúrgica.  

Dramaturgia y ejes materiales que rodean su producción: de adentro para afuera

Recuerdo siempre aquella anécdota mil veces repetida, la del fracaso de Esperando a Godot que se transforma de pronto en triunfo interno el día en que una función para presos en una cárcel logra perturbar de modo conmovedor a aquellos que -dice Beckett- “sí entendían lo que era la espera”. Aún las estéticas más audaces se legitiman en algún afuera. O requieren de alguna energía externa para sobrevivir fuera de los límites de la palabra escrita. El teatro de hecho es justamente eso: un representar que como en una caja china contiene adentro a un presentar, el texto, en cuyo interior se agazapa un sentar, el viejo “sedere” latino, que además del culo y el “sentarse”, es el “ser”, el espíritu del dramaturgo. Vamos de adentro para afuera. Siempre hay algo afuera que orienta, que reconstruye o que confirma. Experimentar no es otra cosa que salir del perímetro de las convenciones establecidas. Es una energía natural, preciosa y trascendente, pero sólo cobra sentido final cuando el experimento consigue crear una convención nueva, cuando consigue convenir con el espectador algún nuevo código. Cuando el símbolo se reencuentra afuera con la parte que le falta y se convierte en un significado. Y ahí tenemos otra vez y otra al afuera.

Detrás de una vidriera ahumada: sobre el público

No soy el más apto para pensar al público desde alguna sociología posible. Lo percibo siempre como atrás de una vidriera ahumada. Cuarta pared mediante, digamos. Salvo cuando hago el borderó con la vieja Casio a pila, no tengo presente al público ni tengo nunca demasiada claridad sobre sus motivaciones. Y mucho menos sobre sus identidades. A veces hablo con alguno a la salida y siempre termino preguntándome lo mismo: ¿a qué vienen?  ¿Por qué?

Tampoco escribo jamás pensando en un público. Mis espectadores ideales son siempre personas afines, pero personas, no público. Por eso el asunto es raro. Mis obras tienen el humor que me permito con cercanos. Si hiciese en una fiesta de desconocidos los chistes brutos que me permito con amigos y amigas quedaría fatalmente desubicado; y sin embargo, lo hago en el teatro y por alguna razón funciona.

Creo en la fuerza de estas interlocuciones como en una de las energías creativas más poderosas. Veo cada vez  que la interlocución virtual hace a la energía del fluir de la creación. Uno fluye en ese estado de contacto imaginario,  y eso hace además nada menos que al tono, ese misterio genético de las estéticas. Veo también que es un misterio afortunadamente indominable: que no hay encuesta, ni hay target, que no hay focus group que te permita especular, así que acá no hay “Prometeo dueño del fuego” que valga. Creo que una de las cosas que más los cagan por ejemplo a los guionistas de tele es esa imposición de la industria de responder a la hipótesis de segmento: es prejuicio garantizado.

Espacios de encuentro y formación de espectadores: el despliegue del origami teatral

Son instituciones muy curiosas nacidas del fenómeno porteño. Si bien existe el formato  en otros países, en ninguno ha prendido con la fuerza con que lo ha hecho aquí. Habla de la vitalidad del medio, de la condición demandante de ese público. Son satélites naturales de otra cosa, como los profesores que dan apoyo escolar o las parrillas de choripán en una movilización. Sin embargo, como estos últimos, son elementos que se integran y forman parte dinámica del sistema planetario. El teatro en su complejidad llega habitualmente plegado al espectador, y es como esas figuras del origami que sorprenden justamente cuando se abren. Cuanta más capacidad de despliegue tengas, mayores serán las aristas de sorpresa de las que disfrutarás. Y esos espacios hacen eso: muestran herramientas de despliegue. Pero crean además el espacio necesario para que el rito sea compartido: arman grupete, procesión. Como jodemos siempre: el buen teatro sobrevuela a la milanesa. O se impone en la cena tras la función, o perdiste plata con la entrada. Por eso es virtuoso siempre ver teatro acompañado y compartirlo. Voy regularmente  a esos grupos a charlar de mis estrenos, he ido a todos los que alguna vez me han invitado sin importar cuánta gente haya ni quién lo coordine. Y también he ido a escucharlos, claro, a descubrir qué produce la obra. Y muchas veces a chocar, por qué no, si es de lo más sano que hay. De la misma manera voy regularmente a visitar colegios y a hablar con alumnos que asistieron a alguna función. Intento un sencillo desmontaje, muestro los trucos, difundo el oficio, trato de acercar gente a la capilla. Hay tanto prejuicio, tanto supuesto con la actividad del artista. Mostrarle a un pibe que de lo nuestro también se puede morfar es iluminarle un poco ese camino siempre en sombras de la vocación.

La crítica y sus cambios: una chance para las nuevas dramaturgias

Ha habido mucho cambio con respecto a la crítica y a la difusión. Hablo desde una perspectiva de cuarenta años. El gran fenómeno ha sido la democratización de la crítica a partir de los medios digitales. Hace treinta años un espectáculo independiente de buena resonancia podía conseguir entre cinco y diez críticas: los cuatro diarios grandes y tres o cuatro revistas semanales. Y pará de contar. Con Terrenal, por dar un ejemplo, hemos tenido más de cien y siguen saliendo. Por supuesto hay de todo en términos de calidad reflexiva, pero esa multitud de voces arma una corriente crítica ecléctica y poderosa. Y la falta de límites en el espacio de escritura permite ahondar, relacionar, abandonar la pura función del consejero. Un buen porcentaje de esas críticas me han aportado incluso desde ángulos poco frecuentes. Se ha roto el monopolio de opinión de los medios grandes, que a veces quedaba en manos de críticos de mirada sesgada. Y ha ido desapareciendo el crítico castigador, el que destruía aquello que no entraba por la puertita de sus modelos, y que si te tenía entre ojos te mascaba vivo. Por otro lado esta apertura permite llegar con la crítica adonde los medios hegemónicos -por intereses o por falta de tiempo de sus periodistas- no llegan. Y esas voces descubriendo espectáculos estrenados en lo más recóndito del circuito les dan una chance a las nuevas dramaturgias que de otra manera no podrían tener.

Dialéctica entre producción de obras y financiamiento: mordiscones rabiosos o nos morfan

Empecé haciendo teatro en una época en la que estrenar en condiciones básicas del circuito independiente suponía vender el Fitito o fundir a una tía. Le llevabas un texto a un director y lo primero que preguntaba antes de leerlo era si tenías producción. Lo más generoso que había eran los préstamos del Fondo Nacional de las Artes. «Se ha roto el monopolio de opinión de los medios grandes, que a veces quedaba en manos de críticos de mirada sesgada. Y ha ido desapareciendo el crítico castigador, el que destruía aquello que no entraba por la puertita de sus modelos, y que si te tenía entre ojos te mascaba vivo.»La Ley de Teatro fue la partición de aguas, los subsidios le cambiaron la cara a la actividad y le dieron chance a creadores muy valiosos que de otra manera jamás hubieran llegado a estrenar. Y a jóvenes que ahora crecen estrenando. Por eso es tan importante defender comprometidamente a los aportes oficiales: si no les tiramos mordiscones rabiosos, nos morfan.

Por lo demás, no veo demasiado condicionamiento estético en la repartija de subsidios, creo que los jurados son razonablemente amplios. Los teatros oficiales han tendido en cambio tradicionalmente a miradas algo más sesgadas. Para un lado o para el otro, en nombre de las estéticas populares o del apoyo a las alternativas, siempre un sector ha quedado afuera.

El presente del teatro en el espectro de consumos culturales: no hacer teatrito, hacer teatrazo

Frente a la enorme cantidad de consumos culturales con los que convive en el presente, el teatro ocupa un lugar privilegiado. Al menos en Buenos Aires, donde el público tiene espesor y caudal. El teatro como todo rito es un espacio de sintonía alrededor de un sentido, y en este caso de un sentido sostenido en el soporte gozoso de un relato. No hay otro espacio que el teatral o el cinematográfico para hacerlo en comunidad. Hay otros rituales, claro: el fútbol, las bodas, las fiestas, hay muchos… pero el de esa sintonía, ese vibrar en conjunto un público y afinarse alrededor del mecanismo de la inteligencia narrativa sigue circunscripto a teatro y cine. Sin embargo, es notable que después de casi un siglo de preeminencia, el cine de sala se retira de la cancha. Lo declaran ya sin mucho tapujo los popes de la industria: el cine de sala ha muerto. No hay que levantar la perdiz porque habría corrida inmobiliaria, saben, pero falleció. No el cine como medio, naturalmente, que goza de extraordinaria salud y mira al futuro con optimismo, digo el cine de sala. Ese que hacía de otra manera lo que su hermano mayor el teatro. Hoy la enorme mayoría de espectadores de cine de sala son niños acompañados por sus padres en busca de algo artísticamente específico. Hoy el cine en general se proyecta al futuro en su versión casera: ficción a domicilio, delivery. ¿Dónde sobrevive entonces ese ritual ancestral, ese vibrar en unísono, esa necesidad, esa sintonía de la tribu conmovida escuchando alrededor del fuego al narrador conmovido? En el teatro. Si no entendemos esto, si no vemos que -quién te dice- algún cine derruido de Lavalle se vuelva teatro en la próxima década; que la oferta del fenómeno le queda solamente al escenario, el evento nos pasa por arriba. Un creador y productor de lo más rancio de la industria como Campanella está poniendo sus morlacos -muchos- en una sala nueva de teatro sobre Corrientes; Rottemberg acaba de reacondicionar el Tabarís metiendo una guita que no tendría sentido alguno si no la pensamos en una amortización de al menos diez o quince años. No son ingenuos. Miran adelante y ven que por ahí sigue el cauce. Por supuesto que nunca será majestuosamente masivo como los medios digitales, pero tiene su segmento garantizado.

Pero por otro lado nunca en su historia el teatro resultó como hoy una actividad tan contracultural en sí misma, tan -involuntariamente- antisistema. En estos tiempos de imposición cibernética dopamínica al tiempo lo hemos  atomizado, lo hemos hecho polvo, vuela. Y en ese vuelo en el que pasamos la mayor parte del día frente a una pantalla de cristal hemos perdido tierra: literal y prácticamente nos desterramos. El teatro, como algunas otras actividades que hoy se redescubren y generan teoría, movimientos y libros -la huerta, la lentitud, el caminar- supone una recuperación real y simbólica del presente y del espacio pisado, del tiempo nativo, frente a ese otro tiempo desterrado. Tiempo hodológico, el del paso. Y el actor, una exposición de sentido y belleza encarnada; no el resultado de la inteligencia del humano como con lo tecnológico, sino de su cuerpo, de saberes del cuerpo, resultado también de una larga inversión de tiempo sobre su físico: cuerpo transformado en objeto de arte elocuente. Y celebración de la memoria como atributo. Presente, tierra, cuerpo y rito afinador. Ahí está el futuro de lo escénico. Si el teatro independiente no lo ve pierde el tren. Si pide perdón por hacerlo demasiado largo y sin vértigo se queda haciendo microteatro, su versión sanguchera, como los varieté de la costanera sur de los ´40: números para que la gente se escabie su Quilmes y su triple de miga. Investigo y adoro al teatro de variedades, se me conoce por eso, y quien te dice un día me ves montando un numerito tamaño recreo, pero su calado en idea -en relación al otro- es siempre infinitamente inferior, claro, y hay que saberlo, decirlo y diferenciar.  Son formatos nacidos en plazas donde el público fue abandonando los espectáculos teatrales de duración normal porque los padecía, entonces se lo dieron cortito y alcoholizado para que duela menos. No, creo que hay que hacerse cargo del potencial y laburar pechando. Esforzarse para hacerlo mejor que nunca para sorprender, que es en nuestro laburo el verbo de lo logrado. Corregir hasta que resalte cada fragmento de texto, ensayar hasta la perfección coreográfica y pulir hasta que brille. No hacer teatrito, hacer teatrazo.


Mauricio  Kartun es dramaturgo, director y maestro de dramaturgia. Ha escrito desde 1973 hasta la fecha alrededor de veinticinco obras teatrales entre originales y adaptaciones. Como director ha realizado el montaje de El clásico Binomio, La Madonnita, de su propia autoría, en el Teatro San Martín de la Ciudad de Buenos Aires y luego en la sala El portón de Sánchez. En la temporada 2006 estrenó en la Sala Cunill del C.T.C.B.A. su pieza El niño Argentino. En el 2009 en el Teatro del Pueblo Ala de criados y poco después Salomé de chacra . Tiene en cartel desde la temporada 2014 su nueva producción: Terrenal, pequeño misterio ácrata. Sus obras han ganado en su país los premios más importantes: Primer Premio Nacional de Literatura Dramática, Primer Premio Municipal de Teatro, Konex de Platino, ACE de Oro de la Asociación de Cronistas del Espectáculo, Premio de Honor Argentores, Pepino el 88, y Trinidad Guevara, entre otros.  Creador de la Carrera de Dramaturgia de la E.A.D., Escuela de Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires, es responsable allí actualmente de su Cátedra de Taller y de su Coordinación Pedagógica. De continuada actividad pedagógica en su país y en el exterior, ha dictado innumerables talleres y seminarios en España, Brasil, México, Cuba, Colombia, Chile, Venezuela, Uruguay, Bolivia y Puerto Rico.