La voz pública de las mujeres

Por Mariela Asensio
Empiezo por cuestionar las reglas que impone el lenguaje. Me resulta inadmisible decir “dramaturgos” o englobarme en “nosotros”. Adquirí una conciencia que no hace concesiones. Parto de la base de que ser mujer en un mundo de hombres me posiciona de forma inevitable en la rebeldía. El lenguaje está vivo. No hay nada rígido o inamovible en él. No dejarlo evolucionar es una decisión política.

Nos educaron naturalizando que los maestros son hombres. Que los que escriben son hombres. Que los grandes dramaturgos son hombres. Y son hombres los que escribieron los grandes textos. Los que abordaron los grandes temas. Los referentes. Crecimos admirándolos porque nos enseñaron a admirarlos. Durante toda nuestra formación los leímos. No elegimos hacerlo. Lo aprendimos porque la desigualdad se aprende.

Me pregunto si el gusto por las cosas es real. Me pregunto si el gusto no se termina imponiendo a través de una construcción cultural. Si -de una manera u otra- no aprendemos a gustar de ciertas cosas. A preferirlas por sobre otras. A considerarlas la norma.

Pensemos en las estructuras dramáticas que se impusieron a lo largo de la historia. En cuáles fueron los temas que las atravesaron. Analicemos cómo se configuraban los roles femeninos en aquellos relatos y qué lugares ocupaban las mujeres en la trama.

“Quiero empezar por el principio mismo de la tradición literaria occidental, con el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer ‘que se calle’, que su voz no había de ser escuchada en público. Me refiero a un momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años”.

Así da comienzo Mary Bead a su libro Mujeres y poder, y continúa:

“… una historia que tendemos a considerar como el relato épico de Ulises y las aventuras y peripecias a las que tuvo que enfrentarse para regresar a casa tras finalizar la guerra de Troya, mientras su leal esposa Penélope le aguardaba y trataba de ahuyentar a sus pretendientes que la apremiaban para casarse con ella. No obstante, la Odisea es asimismo la historia de Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, la historia de su desarrollo personal, de cómo va madurando a lo largo del poema hasta convertirse en un hombre. Este proceso empieza en el primer canto del poema, cuando Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: ‘Madre mía -replica-, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa’. Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior.”

Ahora bien, analicemos un momento la actualidad. ¿Cómo se resignifican estos discursos hoy? ¿Qué estructuras estamos reproduciendo una y otra vez, incluso en formatos que suponen ser vanguardia o modernidad? ¿Qué materiales solemos legitimar como lectores y espectadores? ¿Qué obras ganan concursos? ¿Cuáles se producen en el teatro comercial u oficial? ¿Por dónde pasa la decisión al momento de elegir un texto? ¿Cuál es la tendencia a la hora de programar un espectáculo?

En 2017 el Complejo Teatral de Buenos Aires programó una sola obra escrita por una mujer. ¡Una sola! El teatro comercial no se queda atrás, basta con echar un vistazo a las marquesinas de la porteña calle Corrientes para comprobar que la dramaturgia escrita por mujeres es casi inexistente en ese circuito. Sin embargo, un estudio realizado por Argentores da cuenta de que casi el cincuenta por ciento de las obras registradas el último año en esa entidad fueron escritas por autoras.

La voz de una mujer que escribe tiene menos posibilidades de hacerse pública, por lo que su visibilidad es escasa. Es necesario inquietarse y cuestionarlo. Pero es evidente que esta ausencia pasa inadvertida y adquiere una forma “natural” que no llega a incomodar, o al menos no lo suficiente como para que se generen las condiciones que permitan modificarlo.

¿Qué discursos se están quedando afuera de los circuitos que no son auto gestionados? Intento trascender la forma y poner especial atención en el discurso, y aclaro -por si hace falta- que no estoy hablando de moral. No le pido a la ficción moralidad porque no creo que deba tenerla. Estoy hablando de conciencia.

¿Cómo son las historias que “nos gustan”? ¿A quiénes se les permite la transgresión? ¿Cómo digerimos hoy la voz de las mujeres? ¿Qué lugar real le damos en la esfera pública?

Tengo pocas cosas claras. La primera: ya no tiene sentido gustar. Es hora de superar esa pretensión absurda. Ya nadie gusta de nadie. El gusto es un privilegio que no tiene cabida. Pocas veces elegimos cuando creemos que estamos eligiendo. Tampoco nos eligen cuando se supone que lo hacen. Sincerémonos: se elige un mercado. Somos parte de un sistema que nos invita a convertirnos en personas más efectivas que pensantes. La escritura no es sagrada. Es lo que es y no sale airosa de este lío.

La segunda: escribir es un acto inútil. Nada más inútil que pasarse horas frente a una computadora intentando tejer una ficción. A nadie le importa la ficción. Nadie está esperando nada nuestro. Nadie espera casi nada de nadie en realidad. Hemos desembocado en aguas que reivindican el éxito inmediato y el éxito, en esta sociedad, siempre se traduce en dinero. Nos regodeamos en el brillo de la inmediatez. La belleza de la imagen. Amamos la espectacularidad. Nuestra pobreza existencial engrosa sus caderas devorando un mundo globalizado que exige efectividad. Tragamos sin masticar. No hay revoluciones a la vista.

Hemos visto cómo algunos dramaturgos comenzaron a escribir obras en serie. Productos con fines únicamente comerciales. Sin aspiraciones estéticas ni éticas. Producciones a pedido. Fórmulas que anticipan la jugada. No hago un juicio de valor. Sólo estoy reflexionando. La hipótesis más obvia nos habla del dinero. Ahora pregunto: ¿no es también un atajo para sentirse menos tocado por el vacío de lo inútil? ¿De qué hablamos cuando hablamos de escribir? ¿Por qué lo hacemos?

Manifestamos mundos que muchas veces no encuentran un terreno fértil donde abrirse paso. ¿Escribir no es acaso hacer pública una voz? ¿Darle visibilidad a un discurso? Y aquí aparece otra vez la pregunta: ¿qué sucede cuando una mujer hace pública su voz? ¿Qué lugar se le asigna?

Sabemos que nada se completa si no aparece lo otro. Lo que legitima. Lo que encuadra. ¿Nos tienen realmente en cuenta? ¿Nos creen capaces de pensar las cuestiones del mundo más allá de una supuesta “identidad femenina”? ¿Ven posible hablar de nuestras poéticas sin referenciarnos en un otro que casi siempre es varón?

En una época signada por la utilidad, entregamos nuestra vida a una actividad inútil. ¿Será esta una forma de resistencia? ¿Será una forma de dignidad? Y, ¿de qué hablamos cuando hablamos de dignidad? ¿Qué es exactamente vivir dignamente? ¿Que te respeten es vivir dignamente? ¿Ser tenida en cuenta es vivir dignamente?

Otra vez lo otro haciendo su ruido. «Sabemos que nada se completa si no aparece lo otro. Lo que legitima. Lo que encuadra. ¿Nos tienen realmente en cuenta? ¿Nos creen capaces de pensar las cuestiones del mundo más allá de una supuesta identidad femenina

Entonces, ¿por qué escribo?

En Historias de Lisboa, de Wim Wenders, un ingeniero en sonido llamado Phillip Winter viaja a Lisboa a pedido de su amigo Monroe, para ocuparse del fondo sonoro de su film. Al llegar, se encuentra con que el director ha desaparecido, dejando como único rastro imágenes de algunas escenas. Hasta aquí, la excusa para relatar la fascinación de un hombre por una ciudad que lo deslumbra, una mujer que lo enamora, y una ficción que lo necesita. El hombre irá al encuentro de un mundo sonoro que está esperándolo para existir.

Sobre el final él y Monroe se encuentran, y juntos recorren la ciudad buscando capturarla, exaltarla, resignificarla, contarla.

Ambos quieren trascender la imagen que vende, desterrar la televisión, conectar con un cine que goce de lo estético, de la poesía, de la belleza más allá del neoliberalismo.

Persiguen la ficción, intentan alcanzarla. Y en ese acto lo dejan casi todo, incluso cuando a cambio no hay casi nada.

La película me impactó. Ver a Winter y a Monroe corriendo como dementes, desesperados, intentando de algún modo salvar el mundo, utilizando como medio el rescate y la resignificación de una imagen poética me conmovió profundamente.

Quizá escribir sea eso. Un lugar de resistencia. Una forma de militancia. Un acto de fe.

Son variadas las reacciones que genera toda iniciativa que gire en torno a la paridad entre hombres y mujeres en el ámbito laboral. Básicamente porque se lo vive como una imposición -algo forzado-  que nada tiene que ver con el “verdadero mérito”. Acentuando la idea de que “a los lugares hay que llegar por capacidad” y no “por ser mujeres”.

Creo que la escasa presencia de mujeres ocupando puestos de trabajo no se debe a una falta de capacidad, sino que responde a un estado de situación en el que predomina la desigualdad. Asumiendo que la calidad profesional de una persona no debería estar asociada a su género, no veo razón para que la brecha sea tan grande. Es decir, para que los porcentajes de participación entre hombres y mujeres sean tan dispares. Yo tampoco quiero que nos elijan por ser mujeres y también quiero que nos elijan por nuestra capacidad. Por tal razón -salvo que nos consideren menos capaces- la única hipótesis que tengo respecto a nuestra escasa presencia es la de la injusticia.

No quiero que nos sigan teniendo en cuenta para formatos que nos nuclean por nuestro género. Un claro ejemplo son los “ciclos de autoras”. Es impensado un “ciclo de autores varones”. Sin embargo, la lógica de la segmentación se sigue aplicando con nosotras. Las personas detractoras de la paridad se preocupan por los contenidos, temen que la inclusión altere la calidad artística de las programaciones. A todas ellas les digo que cuando hablamos de cupo hablamos de derechos laborales y de igualdad de oportunidades. La igualdad no delinea contenidos: en cambio, asegura más diversidad. Es importante recordar que históricamente las mujeres debimos luchar para adquirir derechos (el acceso a la educación, a la vida social y política e incluso al voto femenino). Por lo cual sabemos por experiencia que los cambios no se producen naturalmente. En todo caso se naturaliza con el tiempo aquello que hubo que conquistar. Ya lo dijo Mary Beard: “No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”.


Mariela Asensio es dramaturga, directora y actriz. Integra la Fundación Carlos Somigliana (SOMI) que tiene a su cargo la dirección artística del Teatro del Pueblo. Ex becaria de la Fundación Carolina. Obtuvo la Beca de Ayuda para Artistas de la Secretaría de Cultura de la Nación y el Premio S 2006 a la Creación. Algunas de sus creaciones fueron Malditos (todos mis ex), Mujeres en el baño, Hotel Melancólico, Vivan las feas, Lisboa el viaje etílico, En crudo, Mujeres en el aire y Nadie quiere ser nadie. Dirigió tres proyectos de graduación en la Universidad Nacional de las Artes, dando como resultados los espectáculos Eleven, la vida al x mayor, Litoral, después del agua”y Potranca el galope de la historia. En la actualidad tiene a su cargo un nuevo proyecto de graduación. Dirigió espectáculos en Argentina, España, Francia, Panamá, Costa Rica y México. Fue nominada en varias oportunidades a los premios ACE, Florencio Sánchez y Trinidad Guevara por su trabajo como autora y directora. Sus obras son representadas en diferentes ciudades del mundo y en el interior del país. Sus últimos trabajos como actriz fueron en BollywoodCasa Valentina, Esto también pasará, El anatomista, Auténtico y Feizbuk. Publicó sus libros Mujeres en 3D y Malditos bajo el sello editorial Textos Intrusos. Más info en www.marielaasensio.com