Un cuerpo solo. Apuntes sobre la creación grupal

Por Laura Paredes

Con mi grupo Piel de Lava estamos dando un seminario sobre Creación grupal en el Teatro Sarmiento, algo que nunca hicimos. Esto se inscribe en el marco de un programa creado por Vivi Tellas llamado «Artista en residencia» y se trata de una retrospectiva de los trabajos del grupo, la producción de una obra nueva y un workshop para grupos sobre creación colectiva. Todas tenemos mucha experiencia dando clases de actuación pero es la primera vez que tenemos que ocuparnos de transmitir algunos conocimientos adquiridos con los años de creación conjunta. Es la primera vez que un taller nos obliga a reflexionar sobre las propias sistematizaciones, sobre los propios procedimientos para tratar de iluminar dinámicas de otros grupos. La pregunta que nos obsesiona desde hace unos meses está en diálogo con este taller y se inscribe de la siguiente manera: ¿por qué en los talleres de producción nos formamos aprendiendo a hacer todo -y cuando me refiero a «todo», me refiero a pensar la escena desde adentro y afuera, escribir mis propios textos, tomar nota constante de las improvisaciones propias y de las de mis compañeros, pensar en mi vestuario y en el de mis compañeros, tomar las decisiones de una posible puesta lumínica, etc.- y cuando ya no formamos parte del taller nos dedicamos a tomar las decisiones de una forma diametralmente opuesta a como la aprendimos?

Ustedes dirán que esto no es del todo cierto. Que cuando nos profesionalizamos seguimos escribiendo nuestros propios textos, seguimos tomando decisiones acerca del vestuario o de las luces, sólo que convocamos a personas que se han dedicado específicamente a esto y yo también les daría la razón. Y también les confesaría que si Matías Sendón decidiera abandonar a Piel de Lava yo misma caería en una depresión de la que tardaría años en recuperarme. Pero no estoy hablando estrictamente de delegar que, por supuesto, me parece muy bien y muy necesario. Más bien me refiero a una práctica de la grupalidad que intuyo que se pierde en ese pasaje que sucede entre la vida de los talleres de formación y la construcción del artista. ¿Qué sucede ahí? ¿Cómo es que sucede? ¿Qué nos hace desconfiar tanto de las prácticas grupales? ¿Por qué profesionalizarse supone trabajar con un criterio mucho más segmentado; como si el carácter grupal tuviera algo de pandilla de jovencitos, de verano azul; algo infantil que no puede sobrevivir en la adultez y menos con la experiencia y la consagración artística?

En este artículo me gustaría intentar desmalezar algunos supuestos sobre la escritura colectiva y sobre las prácticas grupales para intentar ponerlas en pie de igualdad con otras formas de organización.

1 | Escritura colectiva. Las notas

En el taller sobre creación grupal les pedimos a los grupos que leyeran las notas que ellos tomaron en la clase. Las notas que fueron tomando a partir de lo que los demás grupos percibían sobre ellos y también las notas que ellos habían tomado de nuestras devoluciones. El carácter que iba a tener esa lectura era decisión de cada grupo pero sí había que leerlas arriba del escenario y ahí apareció una clave muy importante: las notas se volvían material escénico, imágenes, hasta incluso algunos grupos las usaron como texto en la escena. Algo de esa primera escritura colectiva ayudaba a fundar un carácter grupal que, en la mayor parte de los casos, acompañó una búsqueda de lenguaje en conjunto. Esos apuntes ayudaron a pensar la escritura colectiva como un fenómeno que empieza a develarse desde las primeras anotaciones, desde los primeros orígenes de una creación colectiva. Como si las notas se volvieran los cimientos para poder organizar la escritura y partir -en paralelo a los dispositivos de actuación- desde una lógica compartida, percibida por todos los miembros del grupo y que pudiera volverse síntesis en algunas pocas palabras; y que esa síntesis destilara algo necesario para pensarse como grupalidad.

Luego, el misterio de la escritura colectiva. ¿Cómo se escribe en grupo?
Nadie podría responder esa pregunta porque las formas pueden ser tan diversas como la especificidad de cada grupo pero si pensamos la escritura colectiva como un proceso de búsqueda de lenguaje y confiamos en estos cimientos (estas notas, estas percepciones grupales, estas imágenes), el grupo comienza a manifestarse más allá de la voluntad de cada uno de sus integrantes y se pone en funcionamiento una comprensión colectiva de lo que sirve o no sirve para fundar ese universo que se está narrando. Por dar un ejemplo, en Piel de Lava la mayoría de las veces no corrige la escena la misma integrante que la escribió como forma de unificar lenguaje. O como dinámica que desintegra el enamoramiento del texto propio. Muchas veces una ya no recuerda quién escribió tal o cual texto. Otras veces, en improvisaciones, la que es encargada de «bajar» esa escena al papel tratará de capturar los diálogos que surgieron en la improvisación y reescribirá aquello que no funcionó. O lo que intuye que debería haber pasado. La escritura que ocurrió adentro, en diálogo constante con las cabezas que miran y proyectan un recorrido.

2 | Toma de decisiones (La mayoría no existe)

En la creación grupal es muy importante que no se imponga la mayoría en la toma de decisiones. La democracia no resulta lo más conveniente cuando una minoría (quizás «una» de nosotras) expresa con mucha creencia que no está de acuerdo con cierto aspecto del trabajo. La creación grupal es muchas veces tediosa porque hay que discutir y discutir hasta ponerse de acuerdo. Cuando sucede esto en Piel de Lava por lo general se prueban las dos posibilidades y se le pide a las otras que «le pongan fe» a cada prueba, sin volver muy tendenciosa la cosa. Hay que probar y probar hasta que el trabajo mismo expulse o necesite desesperadamente una u otra prueba. La expresión «gana la mayoría» iría muchas veces en contra del espíritu del trabajo. Y tampoco se trata de convencer a las otras sino más bien de tenerle confianza al material y saber escuchar lo que el material tiene para decir.

De todas maneras, y para ser sinceras, también uno puede insistir años con una cuestión sin cambiar nunca de parecer. Trabajando para la retrospectiva de las obras me encontré discutiendo fervientemente una sinopsis de Neblina y apareció un mail de quince años atrás (que por supuesto yo no recordaba haber escrito) en el que yo decía exactamente lo mismo, con las mismas palabras y los mismos argumentos que, por lo visto, habían sido bochados en ese momento. Pero todos estamos de acuerdo en que una sinopsis o una imagen para la obra pueden ser elegidas a votación. Ahí sí que vale la democracia porque -en definitiva- a nadie le importa demasiado. Nadie va a defender una postal con un cuchillo entre los dientes. Pero hay otras cosas por las que una mataría. Y esas son las discusiones que en un grupo valen la pena.

3 | Adentro y afuera, sin jerarquías previas

Adentro y afuera, qué gran tema. Trabajamos como grupo con Laura Fernández que es co-directora de Tren, de Museo y ahora de nuestra nueva obra, Petróleo. Laura es directora y dramaturga y produce sus obras por fuera del grupo pero en Piel de Lava ella tiene la capacidad de dirigir -desde afuera- con la conciencia de que nuestra mirada -desde adentro- tiene el mismo valor y el mismo poder de decisión. Y que las cosas se discutirán entre las cinco, irreductiblemente. Esta dinámica no resulta tan común o no me encuentro con este tipo de dinámicas cuando trabajo por fuera del grupo. Por lo general hay una sensación de que el que dirige tiene conciencia plena de lo que está sucediendo en escena y que a los actores sí que les falta «una parte sustancial» para poder pensar la escena. Nunca se piensa al revés. Como si la neurosis fuera una patología propia de los actores y la mirada de afuera siempre fuera prístina, correcta y ajena a cualquier síntoma que pudiera enturbiar la mirada. Pero no hablemos de neurosis porque no se trata de eso. Se trata de asumir el conocimiento que el actor tiene de la escena y que pueda dialogar con el afuera sin jerarquías previas. Se trata de poder trabajar en grupo sin una única voz que organice desde afuera y es ahí cuando vuelve a aparecer nuestro olvidado saber aprendido en los talleres de producción de escenas. Nos formamos con esa conciencia pura de trabajar la escena desde adentro, más allá de la valiosa devolución semanal del profesor. Las escenas que mostrábamos en los talleres tenían un «coordinador» que era el profesor pero el procedimiento de la escena y los dispositivos de actuación  eran responsabilidad absoluta de los integrantes de la escena que, por lo general, estaban adentro. La escena se dirigía desde adentro, ningún integrante del grupo resignaba la actuación por estar afuera, era un saber que se compartía y se tomaba esa responsabilidad entre todos. Luego, el profesor hacia una devolución del trabajo y muchas veces los compañeros también. «Tratamos de ponerle algún nombre pero ninguno es pertinente: «Monstruo de cuatro cabezas», «La inteligencia grupal», «El pulpo». ¿Cómo se nombra todo eso que el grupo hace y procesa? ¿Basta con llamarlo «grupo»? ¿Qué es esa fuerza?» La creación grupal tiene una energía desmesurada y caótica y eso muchas veces asusta. Enfrentarnos a ese caos es lo que muchas veces nos hace pensar que debemos abandonar esa dinámica en lugar de encontrar formas y sistematizaciones para hacerla funcionar. No es sencillo encontrar esos modelos de organización y menos inventarlos, y es por eso que creo que hay que volver a esas viejas formas de organización de los talleres y pensar cómo lo hacíamos. ¿Cómo lo hacíamos? Quizás la respuesta es más bien sencilla: simplemente lo hacíamos. Nos juntábamos, discutíamos hasta ponernos de acuerdo, ensayábamos, mostrábamos y seguíamos trabajando. Y algo se empezaba a iluminar en esa prueba que nos hacía empezar a tener conciencia de un norte, de una búsqueda, de un mundo en particular.

Así que aprovecho este artículo que está casi llegando a su fin para insistir con la pregunta: ¿por qué eso que era tan vital en nuestra formación se vuelve tan angustiante? ¿Por qué genera tanto desasosiego proyectarse hablando y hablando alrededor de una mesa? ¿Por qué se vuelve tan difícil con los años pensar con otros?

4 | Un cuerpo solo

Tratamos de ponerle algún nombre pero ninguno es pertinente: «Monstruo de cuatro cabezas», «La inteligencia grupal», «El pulpo». ¿Cómo se nombra todo eso que el grupo hace y procesa? ¿Basta con llamarlo «grupo»? ¿Qué es esa fuerza? Hay algo que el grupo sabe, más allá de nosotras y sé que suena místico o ramplón pero es milagroso. Siempre está un poco adelantado. Y muchas veces nos rompemos la cabeza tratando de descubrir algo de la obra y un día cualquiera, mientras la vida y los ensayos avanzan, aparece la voz del grupo, se hace palabra en boca de alguna, se manifiesta y dice: “¡Ey! ¡Es por acá!  ¡Miren!”

Y ahí está la piedra preciosa, esa imagen que no aparecía, ese texto que no cerraba del todo, eso que puede iluminar la actuación.

En nuestra cuarta obra, Museo, se habla de un artista que tiene una obra en serie que une los cuerpos de varias personas (sus hermanos, sus maestros, sus ex novios) en una única imagen. Y esa imagen tiene partes del rostro de todas esas personas y da como resultado una persona nueva que, por supuesto, no existe.

Museo termina con una foto de nuestras caras fundidas en una sola imagen. Y a modo de ejercicio las cuatro tuvimos que escribir algo sobre esa «persona», unos textos que finalmente no quedaron en la obra. Sólo quedó la imagen que es muy atractiva y fantasmagórica. Unos meses atrás releí esos textos que habíamos escrito y lo que más me llamó la atención es que todas habíamos observado gestos de las otras que la propia portadora de la cara no podría ni imaginar. Y eso me puso la piel de gallina. Como si hubiera llegado a la inquietante conclusión de que mis compañeras saben «todo eso» que no puedo percibir sobre mí misma. Todo eso que será siempre un misterio para mí. Y en la creación eso es infinitamente complejo y estimulante.

El grupo me lleva, con dulzura, a ese lugar incómodo, a eso que reniego o que me asusta, a esa zona que ellas conocen y yo escondo. Y no es algo que hablemos mucho entre nosotras -¡nosotras, que hablamos de todo!- pero no de eso. De eso nunca. De lo sagrado de un grupo no se habla.


Laura Paredes es actriz, dramaturga y codirige el grupo teatral Piel de Lava junto a Valeria Correa, Elisa Carricajo y Pilar Gamboa desde hace quince años.
Es egresada de la Carrera de Dramaturgia de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático coordinada por Mauricio Kartún.
Como actriz trabajó en obras de Rafael Spregelburd, Javier Daulte, Mariana Obersztern, Mariana Chaud, Mariano Pensotti, Santiago Loza, Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, entre otros directores.
Su obra Todo lo cercano se aleja ganó el segundo premio de dramaturgia Germán Rozenmacher y se estrenó en 2017 en el Teatro Nacional Cervantes.
Actualmente ensaya Petróleo, la nueva obra de Piel de Lava, a estrenarse en el Teatro Sarmiento en julio de este año.