El deseo de convertirse en imagen

Por Matías Feldman

Poner una cosa al lado de otra:

una heladera portátil al lado de un ambo de enfermero.

Una boleta sucia de Scioli 2015 pegada en el anca derecha de un sapo.

Un cargador de celular al lado de un mapa del subte.

Una armadura medieval entre los restos de un bolchevique muerto en la batalla de Stalingrado.

Un chicle sobre la costa del Océano Índico en un planisferio.

La foto de una escultura de mármol con la imagen de Laocoonte y sus hijos en la misma página que una publicidad de Ibuevanol.

Velocidad y liviandad.

Las imágenes…

El deseo de convertirse en imagen.

Existe una antigua lucha entre el mundo de las ideas y el mundo de las cosas. Platón lo planteó y tomó partido. Tomó partido por las ideas. Otros, como Nietzsche, tomaron partido por las cosas. La cosa, la materia, hoy está en su momento de mayor crisis. Los cuerpos pierden terreno. La financiarización del mundo es un líquido que se va filtrando por todos los huecos. Todo tiende a perder materia, todo tiende a ser rápido. La información necesita ser veloz para que valga, y para eso debe pesar poco. En ese proceso, las personas no quieren quedarse afuera y desean convertirse en imágenes, en JPG, en historias de Instagram.

Si la conciencia es el océano interior de imágenes y pensamientos, entonces ahora se volvió exógena. La conciencia ahora está afuera,  en el océano de imágenes que las redes sociales e internet nos dan. Ya no cerramos los ojos para imaginar, solo tenemos que abrirlos y scrollear en el smartphone y ya, allí está todo. Y, claro, queremos ser parte de ese todo. ¿Dónde queda la imagen en esta guerra entre las ideas y las cosas? ¿La imagen vive en el mundo de las ideas o en el mundo de las cosas? Si se tratara de una cosa, ¿cuál es su materia? ¿Dónde está “la cosa” de las imágenes? ¿Las formas, las figuras, las líneas, los planos… o el óleo, el papel fotográfico, la luz, la tintura, los píxeles? ¿No habría acaso que agregar en esta guerra a un combatiente: la imagen? Una guerra de tres bandos: las ideas versus las cosas versus las imágenes.

La imagen existe en cierta medida gracias a la muerte de la cosa. Una fotografía congela un momento que ya no está más, que murió. Una copia de una fotografía intenta matar al original. La copia intenta matar al original. Hay muerte en una fotografía. Los aborígenes de no sé dónde parecían haberlo entendido enseguida. Un momento que quiere ser “capturado” y “congelado” por el que “dispara” la foto y subido a la Gran Galería de las redes. El momento es frenado, asesinado, para posar. La foto mata el momento, mata la cosa fotografiada.

El deseo de convertirse en imagen, de convertirse en selfie y viajar de teléfono en teléfono es una pequeña muerte, una clase de suicidio actual. Nuestra depresión juvenil contemporánea: MDMA el fin de semana y angustia instagrameada durante la semana. Subir una foto de uno mismo es un acto sacrificial, un pronunciamiento, un suicidio mediado.

La experiencia está mutando. La sensación de conocimiento tenía que ver con la imagen del científico encerrado toda la vida hasta encontrar la verdad en una mísera partícula. Esto ya no funciona así. Ahora la experiencia tiene que ver con surfear. Ir de un punto a otro. Relacionar, linkear. Y cuanto más grande es la red de links, más existo (“linkeo ergo existo”, el “cogito ergo sum” contemporáneo). Pero eso trae consigo la pérdida de materia. Para ir de un lado a otro no puedo ser pesado. Eso frena, hace que no extienda demasiado mis alcances, el territorio a explorar. Entonces necesito ser más liviano y rápido. ¿Qué más rápido que pesar unos pocos kilobytes?

Pero hablando de velocidades, la velocidad en la que va mutando la tecnología vinculada a las redes y por ende la mutación de la sensación de experiencia que surge de estas herramientas es arrolladora, abrumadora, extraordinaria. Ante mi pregunta (¡solo hace un par de años!) sobre Snapchat a un adolescente, éste me respondió que, a diferencia de Facebook, Snapchat le dejaba ser más auténtico en sus posteos, que Facebook era más “careta”.  A ver: en Facebook uno elige su perfil, se muestra como quiere ser visto. Elige con precisión qué va a aparecer en el muro. En cambio con Snapchat, ahora devenido en historias de Instagram, la espontaneidad es mayor porque solo dura 24 horas y luego desaparece. ¿Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si no van a haber relaciones del tipo facebookeanas y otras del tipo historiadeinstagrameanas?

Este cambio continuo de las herramientas vinculadas a la tecnologías de internet se debe a que el dinero esta puesto ahí. El gran dinero. El mismo que va a armas, a guerras civiles, a genética y exploración de Marte. Las grandes corporaciones meten leña al fuego. Eso aumenta la velocidad en los cambios y avances. Facebook de pronto ya nos parece viejo. Quizás internet como lugar para explorar, viajar de hipervínculo en hipervínculo, en pocos años ya no interese y todo se vuelva más Instagram. ¿Por qué? Porque las interfaces como Instagram ponen todo en la imagen. Y la tendencia es volverse imagen. ¿Soy imagen ergo existo, sería entonces?

Hace unas semanas escuché la conversación de dos tipos sentados en el subte. Estaban de pantalones cortos y camisetas de fútbol de sus clubes favoritos. Iban a jugar a unas canchas cerca de Chacarita. El tipo de la camiseta del Milan contaba que su hijo estaba angustiado porque su chica no publicaba en las redes sociales fotos de su romance. Efectivamente estaban juntos. Juntos en cuerpo, en la intimidad de los cuerpos. Según contaba el milanés, parece que también estaban juntos delante de sus amigos y conocidos (amigos y conocidos que seguramente miraban los posteos de ambos en las redes). Pero la angustia del hijo persistía e iba en aumento porque la joven no posteaba imágenes de ellos besándose o abrazados o simplemente estando juntos. Como si la relación no existiera si no estaba convertida en imagen y publicada. El cuerpo no es sinónimo de verdad, la presencia no es sinónimo de verdad. Lo es la imagen.

La mía es una generación bisagra. Vivió lo anterior y vio el cambio, y se adaptó al cambio. No quedó afuera. Las nuevas generaciones ya nacieron con este paradigma. ¿Hay algo de responsabilidad generacional? Me interesa pensar que nosotros tenemos una responsabilidad. Aportar un espíritu critico en relación a estas nuevas formas de experiencia, para que este cambio que está ocurriendo (para mí más importante que el Renacimiento, que la invención de la imprenta) tenga la mejor versión posible. Obviamente, la palabra “mejor” es sumamente polémica. Pero con “mejor” me refiero a que exista una reflexión crítica sobre cómo se vive y señalar las contradicciones (no quiero sonar nostálgico. Para nada. Estoy fascinado de la época y el cambio que me toca presenciar. ¡Pero volvamos a las contradicciones!).

Estas contradicciones son interesantísimas. A saber: cierta conciencia ecológica y salubre respecto a lo que consumimos (comida orgánica, vegana, macrobiótica); un deseo de intensidad (tenemos fiestas y MDMA y la exaltación y fascinación por la sensación corporal de lo que me rodea); pero por otro lado, altos niveles de depresión, soledad, vida a través de las interfaces, encierro, ansiedad y desconexión mediada por los smartphones y computadoras.

Unos de los riesgos de la depresión es el suicidio. Suicidio real, la muerte del cuerpo.

Hoy estamos presenciando micro-suicidios, micro-muertes del cuerpo a través de las fotos que se suben a la red. Cada vez que disparamos la cámara (“shoot”), estamos disparando contra nuestros rostros como una bala que nos revienta la cara. «La idea de historia del arte popularmente aceptada es una del 1700. La idea de creación que sigue vigente es decimonónica. Pareciera que el  siglo XX pasó en vano las guerras y las vanguardias.» Ser parte del océano de imágenes parece movilizar la existencia contemporánea.

Ser parte de una curaduría hecha por los algoritmos de las interfaces (propiedad de grandes corporaciones), y de combinaciones azarosas de acuerdo a qué clickeamos, cuánto nos quedamos mirando una foto, cuántas veces la miramos. Es curioso que aún consumamos ficción con arcos dramáticos clásicos, con estructuras aristotélicas, mientras nuestra percepción se va adaptando a la combinación de imágenes que se nos aparecen fragmentadas, híbridas, yuxtapuestas. ¿Cómo puede ser? Tal vez sucede que estamos aún en una etapa temprana respecto a la transformación de nuestra percepción. No sé. En un punto seguimos ordenando el mundo a base del pensamiento moderno. Creemos en las analogías y en la sucesión, en la dictadura de los “denominadores comunes”, en el “querer decir”, en “comunicar”. Es increíble que hoy, año 2018, sigan con fuerza ideas tan viejas. La idea de historia del arte popularmente aceptada es una del 1700. La idea de creación que sigue vigente es decimonónica. Pareciera que el  siglo XX pasó en vano las guerras y las vanguardias. Seguramente en los ámbitos elitistas como el del arte contemporáneo o el mundo académico, esto no es así. Pero justamente terminan comportándose de esa manera, como una élite.

El capitalismo gana por todos los frentes: toma la idea de la creación del  siglo XIX, y las reproduce a través de sus medios hegemónicos de producción simbólica (Hollywood, Disney, la TV, Netflix) y la populariza. Mis viejos, los tacheros, la gente, cree que es así. Pero por otro lado, el capitalismo pone guita en el arte contemporáneo y lo deja donde tiene que estar: en una élite (¡pobre Pasolini si volviera de la muerte!).

Más allá de lo anterior, perceptivamente está ocurriendo una suerte de “entrenamiento” de la fragmentación. Instagram es el campeón de esto: una cosa después de otra después de otra. La gramática de Instagram se reduce a un gran “y” conector. Vemos esta imagen “y” esta imagen “y” esta imagen. No hay otros conectores como “entonces” o “por lo menos” o “en vez de”. Artísticamente hablando, prefiero ese “y” que el aburrido “entonces”. El “entonces” es moralista en cierto sentido. Quizás ese es uno de los puntos donde esta nueva lógica de concatenación viene a aportar algo extraordinario: ¿romper con lo aristotélico? No lo sé. Por supuesto que el arte ya rompió con eso hace tiempo. Pero me refiero a la percepción más masiva de las narrativas. Cualquier puerta que abra la posibilidad de corrernos de esta idea de sucesión y analogía, de una verdad transhistórica (diría Aby Warburg), es una oportunidad de generar formas particulares de creación y sobre todo de generar una expectación distinta, que la gran masa de espectadores rompa por fin su cómoda cárcel perceptiva. Estamos encerrados en ciertos modelos de representación (el realismo, por ejemplo); es menester romper esas cadenas. ¡Oíd el ruido! (quizás es un grito demasiado optimista).

Pienso…

Estamos encerrados en ciertos modelos de representación.

Sí.

Pero sobre todo estamos encerrados en el capitalismo.

Eso es.

Prendo un fuego y salto como un loco alrededor y lanzo un grito desesperado como esos aborígenes de no sé dónde. Un grito lleno de bronca y deseo de que algo por fin rompa lo naturalizado, frene la replicación y repetición acrítica de las lógicas que imperan.

Pienso…

Demasiado optimista.

De esto se trata, ¿no? Todo el tiempo, en todas las épocas. Los cambios tienen el potencial de ser por fin el camino a un mundo mejor, a una existencia menos miserable, pero desde que el capitalismo copó la parada cualquier transformación termina generando ganancias. Y en la punta más contemporánea del derrotero capitalista, las democracias (patéticas puestas en escena) se encargaron de que las leyes que nos alcanzan a todos nosotros, no alcancen al gran capital.

Cuando hablan de libertad, hablan de libertad de mercado. No de otra cosa.

Al capitalismo no le importa el contenido. Es a prueba de balas. Al mercado no le interesa si vende armas, apps, comida vegana, libros de Marx, o series con heroínas mujeres. Como el flujo de dinero ya no tiene nombre y apellido sino que hay intermediarios de intermediarios de intermediarios, ya no hay culpa que esconder. Es la racionalidad económica versus cualquier otra. Es más conveniente explorar y colonizar Marte que parar con la destrucción del planeta. Las guerras civiles son un negocio delicioso, la inestabilidad es una mina de oro, la idea no es resolver los conflictos sino que duren indefinidamente. ¿Hace cuánto tiempo que está pasando lo de Siria? Lamentablemente, ya lo hemos naturalizado. Lo hemos vuelto a hacer.

Un árbol al lado de un globo aerostático.

Un río del Delta al lado de…

Un río del Delta… “y”… una niña en un living jugando con mazapán ante la mirada orgullosa de sus padres, “y”, un antiguo Pequeño Pony de plástico color turquesa sobre una mesita de luz, “y”, un chico haciendo la vertical contra una pared del Museo de Bellas Artes, “y”, tres adolescentes abrazadas en el Lolapallooza, “y”, una foto de miles de refugiados en el campo de Mineo.

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En julio estrenaremos El Hipervínculo (Prueba 7) del Proyecto Pruebas de la Compañía Buenos Aires Escénica. En esta Prueba nos proponemos indagar en los nuevos modos de percepción vinculados a las nuevas tecnologías. Hoy el acceso a la información es inconmensurable: la velocidad de la circulación de imágenes crece en forma exponencial. Internet es el dispositivo fundamental de una mutación que se da en todos los niveles (político, económico, interpersonal, histórico). Vivimos en un capitalismo de la información que prospera en lapsos de atención comprimidos, que se basa en fluir sobre la superficie antes que bucear y en la intensidad antes que en la contemplación. La imagen se volvió el centro de la atención. Ser parte del océano de imágenes parece movilizar la existencia contemporánea. El deseo de convertirse en imagen. 


Matías Feldman es pianista, actor, director y dramaturgo. Director General de la Compañía Buenos Aires Escénica y fundador del Teatro Defensores de Bravard. Escribió y dirigió numerosas obras, entre ellas: Reflejos, Breve Relato Dominical, Hacia donde caen las cosas, Rapsodia para príncipe de la locura, Pasolini y Proyecto Pruebas (El espectador, La desintegración, Las convenciones, El tiempo y El ritmo). Entre premios, menciones y becas se encuentran: Premio Nacional de Dramaturgia; Premio Municipal de Dramaturgia de la Ciudad de Buenos Aires; Teatro s.XXI; Teatro del Mundo; Premio de Dramaturgia Germán Rozenmacher; Beca Fundación Antorchas, Beca Fundación Carolina; Konex-Argentores; Beca Iberescena. Sus obras y ensayos han sido publicados por Editorial Colihue, Editorial del Rojas, INT Editorial y Editorial Excursiones. Es docente en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Ha dictado conferencias, masterclasses y cursos de dramaturgia y de actuación en Latinoamérica y Europa.