¿Cómo se empieza a escribir?

Por Francisco Lumerman

Este artículo intentará reflexionar sobre un tema que me obsesiona y que parte de una curiosidad innata. ¿Cómo y cuándo comienzan las cosas? Varias veces me encuentro preguntándome: ¿cómo empezó? Una relación amorosa, una pelea, una vocación, las distintas etapas políticas de nuestro país, las amistades. También disfruto de rastrear el origen del significado de una palabra, o dónde comenzaron mis gustos particulares o mis deseos profesionales. Así investigo tanto cosas que considero relevantes como también –por supuesto- una cantidad de banalidades que por pudor prefiero no describir. Me psicoanalizo hace más de diez años, y ahí ejercito semanalmente esta capacidad de rastrear  principios, orígenes impensados e inicios de obsesiones personales.

Esta curiosidad también se ve reflejada en los temas de algunas de mis obras. De manera obvia en Te encontraré ayer donde el personaje vuelve el tiempo atrás para intentar salvar la vida de su padre. También en otras obras que se sitúan en tiempos pasados de nuestra historia argentina como pueden ser Nuestra Tierra y Belgrano sueña con naranjas; o en particular sobre el peronismo, como pueden ser Puro Papel Pintado y En tus últimas noches. Vale hacer un paréntesis y aclarar que estas temáticas, sin duda,  están relacionadas con la actividad política de mis padres y sus vocaciones (otra vez los orígenes). Y cual colmo de la referencia teatral, está mi deseo recurrente de encontrar en el teatro clásico un magma elocuente y fecundo para nuevas creaciones, como pueden ser: Un desierto, El amor es un bien y El río en mí.

Así es como llego a usar este espacio para reflexionar sobre mis procesos de escritura. ¿Cómo y cuándo comienzan? ¿Es posible encontrar una fecha o acontecimiento exacto que nos permita afirmar concretamente un principio definido? ¿Tiene sentido querer buscar una fecha de nacimiento de los procesos? Creo que no. Ni siquiera festejo “los cumpleaños de las obras” ni recuerdo fechas exactas. Al contrario, y como nos sucede con el pasado, guardo en mí un conjunto de sensaciones, anécdotas e hitos que distorsionados por el paso del tiempo y la propia subjetividad terminan construyendo “relatos” de comienzos no siempre fieles a lo que sucedió realmente. Por todo esto intentaré no remitirme a ninguna  obra en particular, salvo a modo de ejemplo, sino a descifrar los procesos de inicio de una obra en mi escritura personal.

Tengo escritas alrededor de veinte obras de teatro desde que empecé a los catorce años, hace veintiún años exactamente. La primera obra que escribí fue una versión -o un experimento fallido sin dudas-, que tomó como punto de partida el cuento El hombrecito del azulejo, de Manuel Mujica Láinez. Tenía catorce años y el objetivo fue desarrollar un acto en la escuela para hacer con mis compañeros de curso a los que por supuesto yo también dirigía. A la distancia detecto que aquel acto fue un hecho fundacional de mis procesos creativos. Tomar un  texto preexistente y reelaborarlo a partir de mi relación con ese mismo objeto, tanto desde lo argumental o de cierto estilo, es algo en lo que reincido sistemáticamente para construir nuevos materiales. En ese gesto desenfadado aparece el “escribir para hacer”, o sea la escritura ligada al impulso de “llevar a la escena” ya sea como actor o como director. Esta variable también se repetirá varias veces: escribir materiales para determinados actores con los que tengo ganas de trabajar por admiración, cariño, afinidades o una mirada común sobre el trabajo. Así escribí Sucede (donde teníamos veinte años y no encontrábamos obras con personajes de esa edad), o De cómo duermen los hermanos Moretti (donde tenía previamente un elenco de siete personas en el que todos tenían casi la misma fecha de nacimiento).

Hasta acá entonces encuentro algunas respuestas a mis impulsos originarios de escritura: textos clásicos revisitados, deseo de trabajar con amigos determinados para los que había que escribir para que puedan actuar, y también el deseo de tener disparadores para indagar como director. Lo que no aparece en estos principios es el deseo de la escritura en sí. Y si bien la enumeración de elementos que acabo de mencionar como impulsos de escritura son ciertos, no logra para nada dar respuesta sobre el principio de los  procesos de conformación de mis obras.

Encastre imaginario

Cada uno de nosotros posee universos, imágenes, recuerdos, preguntas que por alguna razón nos conmueven, interpelan o nos dan ganas de indagar. Estos disparadores, quizás alojados durante muchos años dentro de nosotros, existen, resisten e insisten  esperando encontrarse con ese impulso de escritura adecuado para que se produzca el “encastre imaginario”. Defino así el momento donde mi impulso de escritura encuentra un imaginario que dinamiza en mí la posibilidad de crear una posible obra teatral. Para que este encastre perdure no tiene que resolverse como un material cerrado ni por argumento ni por estilo, sino que por el  contrario debe ser un generador de nuevas imágenes, preguntas e inquietudes que despierten en mí ese deseo de empezar a escribir. Muchas veces puedo no entender a priori cual será el desarrollo que tendrá, pero lo que me convoca es poder detectar su potencial. Esta potencia está en la capacidad de dinamizar mi imaginación.

Repaso entonces inicios de determinadas obras mías que responden casi con exactitud matemática a esta premisa:  De como duermen los hermanos Moretti (elenco de la misma edad que solo podía actuar de hermanos + años 90 y su posterior debacle de sueños menemistas); En tus últimas noches (permanencia histórica del peronismo + fin del mundo posnuclear); El amor es un bien (la obra de Chejov + Carmen de Patagones de mi infancia + actores con los que quería trabajar); Puro Papel Pintado (época dorada peronista + crisis del 2001);  Belgrano sueña con naranjas (anécdota histórica + Teatro Nacional Cervantes como espacio físico de estreno).

En lo dicho anteriormente encuentro un posible primer momento de creación donde aquellas imágenes, textos, problemáticas, personajes, paradojas, actores y espacios “encastran” o  “eclosionan” dando lugar a la fundación de un nuevo universo singular en mi imaginación. Una vez que esto sucede me sumerjo en lecturas, películas y pesquisas históricas o fantásticas que alimenten, ensanchen y abonen mi nuevo universo a crear. ¿Cuánto tiempo dura esto? Depende de cada proceso y de los compromisos asumidos o no. Este desarrollo me puede llevar días, meses o años.

Con la descripción anterior creo haber hecho un primer acercamiento a un posible inicio de mis procesos creativos. Sin embargo lo desarrollado anteriormente no refleja en su totalidad mi experiencia en los procesos de comienzo. ¿Es cierto que comencé a escribir En tus últimas noches solo porque encontré un binomio poderoso para mí imaginación? La respuesta es no. Definitivamente existe algo relacionado con lo que me conmueve, atrapa o impulsa que no me es posible definir en palabras. Me es difícil de relatar y paradójicamente se me hace indispensable para empezar a  crear.Entonces puedo afirmar que es aquello que desconozco de ese “encastre” lo que impulsará indudablemente mi deseo de escribir. Arriesgo también  que probablemente aquello que está oculto se relacione con la razón por la cual estos elementos “encastraron” en mí. «¿Escribir no es entonces la bajada al papel de aquello que imaginé? De ninguna manera. Para mí el momento de escritura es el momento de salir a buscar, dentro del marco elegido, el encuentro de aquel misterio que me resulta imposible definir.» Como mis relaciones afectivas, de las que puedo enumerar razones para desarrollarlas pero que siempre poseen elementos vedados de definición a la hora de explicar. Volviendo a la dramaturgia, es ese misterio -lo que desconozco  o no puedo definir-, lo que seguramente en términos de escritura me lanza a desarrollar un nuevo universo. Por esto mismo cuando acepto trabajar por encargo o premisas ajenas a mis inquietudes personales me resulta fundamental producir aquel “encastre imaginario” que habilite mi deseo de inspeccionar. Muchas veces lo logré y otras -como bien sabemos-, no se puede forzar el enamoramiento por más que exista la voluntad.

Momentos de revelación

Los disparadores a los que antes me referí son elegidos a veces de manera consciente y otras veces impuestos por nuestro inconsciente con cierta insistencia. Sea como sea,  son los encargados de portar la subjetividad de quién está creando. Es decir, que de cualquier manera que se nos presenten esos disparadores nos sirven como pretextos, como marco de referencia dentro del cual vamos a comenzar a explorar. O sea, no siempre aquel “encastre” determinará ni el estilo, ni el argumento, ni las preguntas que generará el material.

Es entonces el momento físico de comenzar a escribir frente al cuaderno, la computadora o el soporte que elijamos, el que resultará definitivo e inaugural de todas maneras para la creación. ¿Escribir no es entonces la bajada al papel de aquello que imaginé? De ninguna manera. Para mí el momento de escritura es el momento de salir a buscar, dentro del marco elegido, el encuentro de aquel misterio que me resulta imposible definir. ¿Comenzar físicamente a escribir será entonces la inauguración de la creación? No lo sé. Pero es escribiendo donde experimento lo que voy a llamar para este artículo “momentos de revelación”. Me refiero a esos momentos durante la escritura en los que el cuerpo manifiesta una modificación. Esos instantes que frente a la computadora, y por asalto, empiezo a registrar exceso de transpiración en las manos, aumento del ritmo cardíaco  y/o alguna desbordada emoción que toma mi estar. Es el cuerpo en estado de conmoción. Cuando me pasa esto, intento seguir escribiendo sin buscar entender. No freno por dos razones: una, porque no podría hacer otra cosa; y dos, porque no me sucede tan seguido como para andar arruinando ese momento tratando de racionalizar. Eso en todo caso vendrá después. Es en esos “momentos de revelación” donde se produce un hallazgo, una novedad. Como un nacimiento que modificará todo lo anterior. Son esos momentos donde se traza un puente, una posible relación o respuesta entre aquello que estaba oculto y el “encastre imaginario” que originó la creación. Puentes, hallazgos que se vinculan directamente con aquellas inquietudes que me llevaron a escribir. Acá es donde emergen desde algún lugar desconocido textos, posibles resoluciones, imágenes que no contemplé hasta el acto mismo de escribir. Momentos donde la obra posee más sabiduría que yo y se expresa mejor de lo que imaginé. Cuando un personaje hace algo mucho más poderoso que aquello que yo preveía que podía llegar a accionar. A eso llamo “momento de revelación”. Ese tiempo donde la escritura  pierde el control y emerge una forma de expresión novedosa para ese universo en conformación. Con la experiencia compruebo que son estos momentos los que terminan siendo poderosos y definitivos para el material. Aquellos que tienen una fuerza en lo textual pero también resultan poderosos para actuar y/o montar.

Por todo esto es que con el paso del tiempo los atesoro cada vez más. Los releo, y en los momentos de corrección soy cuidadoso de no derrumbar ese puente que establecieron con aquello oculto que me impulsó a escribir.

Puedo afirmar entonces que en el origen de mis procesos creativos está la conformación de “encastres imaginarios” que sirvan como marco de referencia para tener  la posibilidad de experimentar “momentos de revelación”.

Estoy terminando de escribir el artículo. Interrumpo para almorzar con mi familia y mi hijo sonriendo pícaramente pregunta por el momento en que mi mujer y yo nos pusimos de novios. O sea, se pregunta por sus inicios, por todo lo que pasó ligado a su conformación. Con sus cinco años se pone nervioso, se ríe, festeja las anécdotas, repregunta edades, se ríe otra vez. Le da vergüenza pero quiere saber. Más tarde le pregunto porque quería saber y me contesta: porque cuando sea grande voy a entender.

Me quedo pensando si lo que origina mis procesos creativos en verdad no será un intento de problematizar el mundo para tratar de entender.


Francisco Lumerman nació en 1982 en la Ciudad de Buenos Aires. Es actor, director, dramaturgo y docente. Se formó en la carrera de dramaturgia de la EMAD que dirige Mauricio Kartún. Dicta talleres en Moscú Teatro espacio que fundó donde también estrena sus producciones. Obtuvo menciones y premios por sus obras: Te encontraré ayer, Muerde y El amor es un bien.